Puede que tengamos tiempo



En el centro mismo de una situación difícil y compleja, el país evidencia sus anhelos de recuperar una normalidad relativa. Y esto ocurre pese a la eventual amenaza de hechos que ponen en grave peligro la paz social.

Prueba de lo primero es la gestión de medio ambiente en lo relativo a Valle Nuevo y el anuncio de la recuperación de Los Haitises y la Cordillera Central.

Si similar énfasis se orienta a impedir la depredación forestal y la inconcebible destrucción de los ríos, serían significativos los avances en este aspecto.

Las “visitas sorpresa” del presidente, aún con sus limitantes, representan un estímulo para sectores que no pueden acceder al crédito bancario.

En el área educativa, la edificación de escuelas, la tanda extendida y las aldeas infantiles son un logro a complementar con la preparación de los docentes. Los programas de auxilio a sectores deprimidos, como la tarjeta solidaridad, el bono gas, el bono luz, entre otros, al margen de sus discutibles repercusiones políticas, vienen a ser un aliciente.

Nadie pone en tela de juicio lo positivo que ha resultado el “Metro”. La edificación de redes de transporte vía cables será de gran ayuda para el transporte. Igual podemos hablar del desarrollo turístico.

El país es un destino para inversionistas. La construcción está en auge. Las ciudades se transforman.

Estos avances no son suficientes para evitar asomos de un resquebrajamiento social del que estamos siendo testigos. Uno de tantos casos es el escándalo de Odebrecht. Este hecho desmoralizante ha derramado la copa de la paciencia ciudadana. Ahora viene C orde. La corrupción es un mal extendido que nunca se ha enfrentado con rigor.

Los supuestos intentos provocan manifestaciones generalizadas de incredulidad. La mayor cuota de responsabilidad parece recaer sobre la clase política con sus excepciones. Poco se hace para superar nuestro principal hándicap histórico: la falta de institucionalidad.

La ausencia de honestidad en la administración pública. La corrupción es uno de los resultados.

Hay mucha pobreza e insatisfacción. Es elevado el déficit relativo a salud, alimentación, luz y agua, hospitales, viviendas, edificación de calles y caminos vecinales.

Barrios y campos son cementerios de muertos vivientes. Hay desempleo y crimen, violencia y muertes insólitas. La deuda externa crece pese al sombrío futuro que proyecta.

La frontera y la migración haitiana son un caos. Los sueldos y salarios del promedio de los empleados resultan penosos. Hay inflación, desorden, profunda amargura, desesperanza.

El ciudadano común siente que se asfixia ante la impunidad, el enriquecimiento ilícito, la indiferencia.

Las aspiraciones de orden y progreso no serán posibles hasta que las instituciones y quienes las dirigen cumplan con su papel de forma idónea. De hacerlo, puede que aún tengamos tiempo.

 

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