Por la paz, la tranquilidad y el desarrollo



La República Dominicana ha sido históricamente un lugar apacible, de gente buena, solidaria, honesta y trabajadora.
La mayoría de los dominicanos lucha día a día para que esa percepción se mantenga por los siglos de los siglos.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte surgen elementos perturbadores y desconcertantes que pretenden alterar y desfigurar la imagen construida y fortalecida por dominicanos que en su suelo, o en cualquier parte del mundo, se han constituido en vivos ejemplos de moralidad, decencia, solidaridad, altruismo, competitividad y grandeza.

Los niveles de delincuencia, violencia y criminalidad que existen en el país resultan escandalosos.

Son esas realidades de agresividad, confrontación e intolerancia contra las que todos debemos luchar para impedir que la nación sucumba en el proceloso mar del odio y el rechazo social, geográfico y político colectivo.

La lista de duelo, dolor, luto y sangre que ha salpicado a los dominicanos en los últimos meses, tampoco debe convertirse en caldo de cultivo para que algunos politiqueros intenten cebar sus malos augurios con la simpleza de responsabilizar al Gobierno.

Hay una vieja y larga deuda social acumulada

Dominicanos y dominicanas, preocupados por un hoy decente y por un mañana mejor para todos, no pueden permitir que unos cuantos, nos conviertan en “víctimas de sus maquinaciones”.

Siempre se ha dicho, y pocos lo dudan, que la familia es el principal núcleo de la sociedad, por lo cual toda propuesta para solucionar males debe incluir como paso primario un trabajo profundo y contundente con sus integrantes.

“Pobres, pero honrados” es una frase que antes constituía un compromiso de vida y que ahora se convierte en un motivo de burla para quien ose anclarse en ella.

¿Por qué?…? ¿Cómo? y ¿desde cuándo hemos cambiado? Son preguntas que debemos formularnos para que comencemos a buscar respuestas conjuntas.

Obviamente, la presencia de un ejercicio político rapaz y desalmado, insensible e inhumano saldrá entre las causas de los cambios, pero no hay que rasgarse las vestiduras.

Habrá de resaltar la actividad política amañada, porque, en definitiva, la política y los políticos tienen presencia en todo. En lo bueno y en lo malo que se haya hecho o dejado de hacer en el país.

Aunque no hay que cebarse contra la política y los políticos, ni imputarles todos los males o atribuirles responsabilidad exclusiva de lo que ocurre en el país.

Desgraciadamente, jugamos mucho a la doble moral, sobre todo al momento de buscar culpables: iglesias, escuelas, clubes, partidos, familias, individuos. Todos tenemos una dosis de participación en lo que hemos sido y en lo que nos hemos convertido.

El momento aconseja aunarse en el propósito de que República Dominicana mantenga sus pasos firmes y seguros hacia el progreso, la paz y el desarrollo, sin alterar la conducta humana y generosa. Dejemos atrás la hipocresía. Por el bien de todos.

*Por Patricia Arache

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