Viernes, 21 de septiembre, 2018 | 8:05 pm

Palabras feas



Cornudo; qué palabra fea.
Mejor ladrón. Con parecido impacto, pero que se puede contrarrestar con un enfático “falso, jamás en mi vida he tocado algo o un céntimo ajeno”. Sin embargo no basta con decir “ yo no soy cornudo”; no tiene credibilidad. Su efecto es hasta contraproducente : pobre, siempre es el último en enterarse.
 Imagínese una primera plana en la que lo tilden de “ cornudo”.
Hay que esforzar mucho la imaginación, ciertamente, porque eso casi que no ocurre. Escapa a una básica ética y conducta profesional común , prácticamente,a todos los periodistas.
Pero además es un riesgo cierto, el responsable, y tiene que haberlo con nombre, apellido y dirección, se expone a denuncias penales y juicios civiles.
Hay que poner la cara. En mi país, Uruguay, hasta hace unos 25 años, el duelo estaba legalizado y reglamentado. Quiere decir que también había que poner el pecho.
 Es difícil que pase en medios tradicionales. Si ocurre,- puede que en alguna prensa basura-, no preocupa: las personas que importan no le dan crédito y las pocas que le dan crédito no importan.
 Es distinto, en cambio, en “las redes” donde cualquier cosa puede viralizarse y donde  los trolls actúan a sus anchas, dando incluso la sensación de que individualmente son muchos más y con mayor trascendencia. Un dato éste muy peligroso y más en una época en que gobernantes ya no solo se guían por lo que dicen las encuestas, sino que tiemblan ante “ las redes”.
 Internet, twitter, las plataformas, en fin todo lo que hace a esta nueva era de la información, ha sido un inmenso aporte a la libertad y ha hecho que efectivamente los ciudadanos puedan ejercer su inalienable derecho a informarse, buscar información e informar.
 Lamentablemente estos instrumentos dan vida y generan plagas paralelas e indeseables: son una vía para el enchastre, para los cobardes comunicadores anónimos que tiran la piedra y esconden la mano y hacen carne- por suerte cada vez menos-en distraídos e ignorantes.
  Twitter por ejemplo ha impulsado a una inmensa generación de pensadores, sabios y filósofos y a  una cantidad de académicos con un “ bagaje intelectual” increíble ( derivado de Google), que uno ni sabía que existían . Y entre todos se destacan muchos presidentes: Trump, Putin y la “ex” Cristina Kirchner a la cabeza. Cada uno con su tabla  de “ bienaventuranzas” propias.
 Es entonces que vuelve la vieja discusión y surge la pregunta ¿ pueden los presidentes tuitear así, ha gusto y gana y a diestra y siniestra, como sí lo puede hacer cualquier ciudadano?
  Donald Trump ataca a los periodistas, a los medios, a la libertad de prensa ¿Lo puede hacer? Teniendo en cuenta la “ primera enmienda” y que es el jefe de uno de los tres poderes republicanos de la nación, no se configura ningún tipo de “ apología al delito” en su caso?
 Tengo derecho a hacerlo como cualquier ciudadano , dirá él y lo dice, y en general es aceptado. Pero la verdad es que él no es cualquier ciudadano; tiene privilegios y potestades que no las tiene el resto y por ende tiene obligaciones, deberes y limitaciones que tampoco las tiene el resto.
Pasa con los militares a quienes se confían las armas de la nación pero se les limita políticamente y también en cuanto a  expresar su opiniones en la materia; pasa con muchos hombres públicos que dirigen organismos estatales o ejercen determinados cargos de gobierno que se someten y quedan sometidos a diferentes limitaciones por  un cierto periodo. Hay decenas de ejemplos y pasa en todos lados.
 Y por qué los presidentes  no van a tener limites?  Por qué se les permite abusar?: antes con las cadenas de radio y TV, aburriendo e indignando a sus pueblos hasta el infinito y ahora locos de contentos a caballo de los Twister que los hace sentir unos campeones
Lo que el sentido común marca es otra cosa. Si cualquier ciudadano dice que hay que declararle ya la guerra a Rusia, no es lo mismo que lo diga el presidente Trump, por twiter o como sea. Aquél pasa a ser en definitiva un mero loquito suelto, pero en el caso de Trump es distinto, aunque muchos piensen que es también otro loquito suelto. Y aunque lo sea, es mucho más peligroso.
 Cuando Trump ataca la libertad de prensa, atenta contra la constitución de su país y comete un delito. No se trata de un mero ejercicio de la libertad de expresión.

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