Domingo, 17 de junio, 2018 | 4:29 pm

¡Oh Dios! Esas redes



Las redes sociales, fuentes de todo tipo de información, patíbulo para algunos, medios de promoción para otros, acogen verdades, mentiras, ciencia, fantasía, subjetividad, concreción, consejos, locuras, buenos y malos paradigmas.

Son lugares de catarsis, de exhibicionismo, de narcisismo y espejo de la psique de gente feliz, amargada, sola, luminosa, lúgubre. Hay de todo para todos en ese proverbial vertido de textos, fotos, videos y audios.

La ortodoxia periodística abomina de ellas –aunque las usa como punto de partida y herramienta de monitoreo para llegar a la noticia- porque su forma líquida impide un control y de alguna manera constituye una competencia feroz en el inmediatismo, que fue antes una pata fundamental del diarismo.

Millones de palabras se han vertido, analizando el fenómeno de las redes sociales y colocando en tela de juicio su seriedad y débil confianza.

El problema de la credibilidad no está en las redes sociales en sí mismas. Reside en los usuarios. Las redes son canales de transmisión de contenidos y cada ente emisor es responsable de su propia reputación.

Mecanismos como seguir, dejar de seguir, silenciar, reportar, bloquear, dan a las redes sociales un valor democrático amplio. Está en manos de los usuarios aprovechar esos canales para mal o para bien.

Entrega de información seria, socialización de conocimientos, orientaciones, son partes de ellas. También los son los contenidos bobalicones, inútiles, morbosos, ofensivos, infames. Uno selecciona el camino.

Pero militan además en las redes los orientadores, la gente bien intencionada y los entes socialmente responsables.

Sin olvidar que tenemos a los mercantilistas, quienes ponen precio hasta a las comas y los puntos suspensivos en sus cuentas.

Twitter ha tomado una decisión reciente que, de alguna manera, contribuye con el adecentamiento de esa correa de transmisión de contenidos. Suspendió su ejercicio de verificación de cuentas para poner en marcha nuevos requisitos.

La empresa se autocritica y admite que ha verificado a personajes y entidades que no lo merecen. Eliminar la verificación a los dañinos de baja calidad humana sería un paso muy importante.

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