Nobleza obliga



Si no hay otro militante de izquierda que lo haga, escribo para reconocer el gesto plausible del rico empresario don Pepín Corripio, de ir ante el cadáver del Men y allí mismo hablar públicamente de la vieja amistad que los unió y hacerle el debido reconocimiento a alguien comprometido de por vida con las luchas a las cuales Jorge Puello Soriano –El Men- dedicó su existencia.

Es un gesto digno de encomio. Nada obligaba a don Pepín a semejante acto. Nada material debía esperar a cambio. Ni lo necesitaba ni lo buscaba.

Entonces hay que concluir en que si lo hizo fue guiado por sentimientos de amistad, de solidaridad. Y esos sentimientos no abundan mucho en estos tiempos que corren.

Mucho menos entre algunos grandes ricos de nuestro país. Yo vi la foto de don Pepín, de pie, en actitud solemne y respetuosa ante el cadáver de quien él dijo era su amigo desde los tiempos de la infancia. Esa foto retrata un cuadro de mucho valor humano.

Siempre he estado y estoy muy seguro de mi identidad política, porque desde hace cincuenta y cinco años contraje un matrimonio por amor y sin divorcio con la militancia comunista.

Pero como los pensamientos son libres y nunca faltan los mal pensados, me permito aclarar que con don Pepín no he pasado de los saludos corteses en los lugares y actividades sociales en los cuales hemos coincidido.

No he tenido el gusto de tratarlo. Precisamente por eso considero que tiene mayor valor el que sea yo quien salga al ruedo a agradecerle su gesto y a felicitarlo por haber demostrado ser un hombre sin prejuicios ideológicos, de mente libre y suficiente coraje para ir a una casa humilde a darle la despedida a un hijo del pueblo, que fue a la vez, un declarado e irreductible luchador revolucionario como el Men.

De mi parte, estuve en la funeraria y allí no pude evitar volver la memoria a los tiempos en que conocí al Men estando presos ambos como exguerrilleros en 1963.

Los tiempos de la militancia común como emepedeístas, los de las controversias públicas que nunca marchitaron el cariño que de parte y parte nos tuvimos. Ni pude evitar que, como postrer tributo al viejo camarada, a mis ojos se asomaran las lágrimas, las parcas lágrimas del militante comunista.

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