Lunes, 18 de junio, 2018 | 3:05 pm

No verán mis ojos



En el año 2010 publiqué una novela que, para mí, representaba una gran aspiración personal y literaria. La titulé “No verán mis ojos esta horrible ciudad”.

Era el segundo libro de tres.

El empeño me robó la paz. Despertaba en horas de la noche o abandonaba cualquier actividad para desarrollar o corregir un diálogo, una escena, un personaje. Escribir es satisfactorio ocasionalmente. Resulta complicado cuando una obra se transforma en una obsesión.

El resultado fue un volumen de ochocientas páginas bautizada por el escritor Luis Beiro como “una novela épica”. Ya con la obra en las manos, aun me sentía insatisfecho.

Conociendo como conozco nuestros decrecientes hábitos de lectura, un libro tan extenso, por más interesante que resulte, tendría poquísimos asiduos.

Seis años después, tras nuevas correcciones, logré reducirlo a quinientas páginas sin que perdiera su esencia. ¿Por qué este preámbulo?

Por los motivos que me llevaron a escribirlo. Básicamente, el discernimiento de cómo un sofisticado programa elaborado con toda maldad puede transformar para mal el espíritu de un pueblo.

Deseaba, a través del lenguaje literario, advertir a la gente. Decir a todos: “Mira, te están manipulando”. “Abre los ojos, intereses nefastos te quieren sumiso, impotente, quieren asesinar tus sueños”.

Desde 1961 hemos apreciado las consecuencias de este ejercicio insólito. En ese año, Trujillo fue liquidado. En un breve lapso de tiempo, el pueblo barrió en las calles con las manifestaciones de exaltación de la dictadura. Se castigó a delatores y torturadores, se anularon los símbolos de la infamia.

En tanto el dominicano escogía la mejor de las opciones políticas y con las armas en las manos enfrentó a sus enemigos en 1963 y 1965, incluyendo una ocupación foránea, los mecanismos de la contra insurrección realizaban silenciosamente su labor.

Desmontaron o se apropiaron de la riqueza acumulada durante la tiranía (empresas, instituciones, dinero, tierras). Reelaboraron las leyes a su favor.

Liquidaron o dividieron a los sectores más decididos. Ya para 1978 el ascenso de la llamada “esperanza nacional” fue una mascarada, porque el PRD había desertado de sus propósitos históricos. En 1984 un alza escandalosa del costo de la vida provocó una poblada y la respuesta del régimen fue disparar a los protestantes “de la cintura para arriba”.

Ese proceso de anulación espiritual ha continuado sin tregua. Sus ejecutores han sido los mismos que fueron convocados alguna vez a levantar la bandera de las reivindicaciones ciudadanas.

Se ha generalizado la falsa creencia de que no se puede modificar ni cambiar un estado de cosas en el que el pueblo solo cuenta como víctima.

El ciudadano ha sido reducido a la impotencia, al miedo, a la dependencia y la sumisión. Lo que cuenta es “vivir por vivir”, tolerarlo todo, autoengañarse.

¿Se volverá a sentir alguna vez ese ciudadano aguerrido e indeclinable con los ímpetus y ánimos que en reiteradas ocasiones forzaron a sus adversarios a huir despavoridos? Aguardemos. La historia siempre nos sorprende.

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