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Necesitamos líderes decentes

He dedicado tres décadas de mi vida a estudiar la vida y obra de Juan Bosch Gaviño. Con sus virtudes y defectos, con sus aciertos y yerros, sus ideas lúcidas y afirmaciones erróneas, Bosch es sobre todas las cosas un hombre, un intelectual, y un líder DECENTE. Su decencia es un sol luminoso que destaca las sombras donde se ocultan los corruptos y explotadores de nuestra sociedad. Ese es su legado más importante para la sociedad dominicana del siglo XXI y seguro que más allá en el futuro. Varias veces he afirmado que Bosch es propiedad del pueblo dominicano y de los pueblos caribeños, no le pertenece a ningún partido político, y mucho menos a los que siendo discípulos directos le han traicionado en sus vidas y acciones.

La decencia es un valor que necesita la sociedad dominicana con urgencia, ya que el abandono de esa virtud está envenenando a nuestros jóvenes. Y lo sabemos con certeza. La Asociación Internacional para la Evaluación del Logro Educativo recientemente publicó una investigación titulada Estudio Internacional de Educación Cívica y Ciudadana, y ese estudio arrojó que un 56 por ciento de estudiantes dominicanos justifiquen las prácticas clientelares y corruptas en el servicio público y el Gobierno. Incluso nuestros estudiantes en un 73% apoyarían dictaduras y el 55% aprueban prácticas de gobierno autoritarias. Eso, lamentablemente, lo han aprendido de muchos de nuestros líderes políticos, sociales, empresariales, religiosos y comunitarios. Hombres y mujeres carentes de decencia que fomentan el autoritarismo, la xenofobia, el racismo, la misoginia y la prevaricación de los bienes públicos.

No es posible una democracia si el liderazgo de la sociedad es indecente en sus discursos y sus prácticas. Si los políticos electos no respetan la Constitución, si el sistema judicial no persigue y condena los actos de corrupción, si se rechazan las solicitudes de investigación de actos dolosos en nuestro Congreso, si el empresariado evade los impuestos, si el liderazgo religioso no es receptivo al dolor de los más pobres (sin importar su lugar de nacimiento), si el liderazgo social únicamente busca la ventaja personal, no es posible una democracia.

La decencia es cardinal para una vida social que valga la pena vivirse, para que la solidaridad sea un norte claro, para que los recursos que todos producimos beneficien a todos, especialmente a los que tienen carencias. La falta de decencia en nuestra sociedad explica que muchos dominicanos y dominicanas aspiren a largarse del país y buscar suerte en otras tierras, en otras sociedades.

Nuestros graves problemas no se resolverán si no promovemos nuevos liderazgos en todas las áreas de la sociedad que sean decentes. Tanto en los niveles más altos, como en los estamentos medios y bajos. Tengo serias dudas de que aquellos líderes que hoy se ofertan para encabezar la presidencia, el Congreso, los ayuntamientos, y las organizaciones sociales tengan entre sus atributos personales la decencia. Es evidente incluso en sus discursos y la manera en que han construido sus patrimonios personales.

Asistimos a una promoción de figuras públicas basadas en fotos arregladas, en discursos populistas y pasados opacos. La prensa, de quien esperamos un permanente esfuerzo por hundir su bisturí en la reales intenciones de quienes pretenden buscar el voto ciudadano, está inundada por bocinas pagadas al servicio de los intereses más nefastos para el bien de la sociedad. Unos pocos comunicadores, que brillan entre tanto estiércol y estulticia, van paulatinamente siendo desalojados de los medios, dejándonos en manos de mentiras construidas para disolver la democracia.

Los educadores, los comunicadores serios y los pocos líderes íntegros de nuestra sociedad debemos imponer mediante los discursos y las acciones, la vuelta a la decencia como valor esencial para la vida social, para la práctica política y el accionar económico.

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