Mi padre (2 de 2)



Cuánto me gustaría que todos los niños del mundo tuvieran padres como el que tuve. Sin duda el mundo fuera un mejor lugar.

Le pido a Dios, a la vida, que me permita ser para mis hijos lo que mi padre fue para mí; sé que es un gran reto, pero cada día trato de esforzarme para eso.

Mi padre me enseñó que a las personas se les mira de frente, sin miedo y sin odio. Que todos tenemos el mismo valor; que nadie está por encima ni por debajo. Que no importa lo humilde que sea la vida de una persona, eso no le resta su valor como ser humano.

Me inculcó el respeto por las cosas, a cuidar lo que tenemos, y a no derrochar. Recuerdo las veces que me hacía entender que las cosas que uno descuida, hay otras personas que las necesitan y no las tienen, y que aun nos parezca que tenemos poco debemos ser agradecidos y sentirnos orgullosos.

Me enseñó a entender que hay cosas que sin costar nada tienen un valor incalculable. Que el agua que desperdiciemos en nuestra llave, hay otras personas que la necesitan. Que la comida que dejamos en nuestro plato costó mucho esfuerzo llegar ahí y no debemos desperdiciarla.

Me enseñó a disfrutar los atardeceres, a admirar los relámpagos sin tenerles miedo, a mirar las estrellas y contemplar el infinito. Me enseñó a sorprenderme con las magias de la naturaleza, a apreciar las distintas formas de vida, a entender que una hormiga así como un elefante son igual de sorprendentes a pesar de sus diferencias de tamaño.

Por momentos me olvido que mi padre murió. Le siento tan presente en cada momento de mi vida que a veces dejo de extrañarlo, pues no se echa de menos aquello que está a nuestro lado. Siento su presencia en las luchas que estamos llevando por adecentar nuestro país.

Lo siento en mi propia voz cuando hablo en contra de los males que afectan a nuestro pueblo. Lo veo en cada compañero de lucha que avanza con la esperanza cierta de que nuestro país pronto habrá de ver la luz. Lo veo en los ojos de aquellos que cada día me animan a seguir adelante…

En las marchas y las concentraciones, fijo mi mirada en alguna bandera verde e imagino que es mi padre que la lleva en su puño, que está ahí entre esa multitud, y que pronto lo veré para darle un abrazo y decirle: “papá, sí valieron la pena tus luchas y tu sacrificio, tuyo y de tus compañeros. Papá, hemos logrado la victoria”.

Cuánto lamento que mi padre no esté aquí, viendo como su pueblo se alza digno y determinado en contra de esos males que por tanto tiempo le han atado a la miseria, al dolor; viendo como desafía a la corrupción y los corruptos.

Mi padre siempre me hablaba de ese pueblo, de ese que parecía de leyenda, de ese pueblo valiente que él conoció en 1965, de ese pueblo dispuesto, de ese pueblo que hoy veo ante mis ojos, y del cual tengo el inmenso honor de ser parte.

Él nunca perdió la fe en su pueblo; jamás escuché de sus labios la irresponsable frase “este pueblo no merece que uno se sacrifique por él”. Para mi padre, luchar por su país nunca fue un sacrificio, sino el más elevado de los honores.

La vida de un ser humano es energía, y su energía está ahora junto a la de nuestros padres fundadores, junto a la de tantos miles, y forma parte de esa energía que hoy nos mueve a los dominicanos.

Ciertamente mi padre no estará aquí para ver el triunfo del pueblo sobre la impunidad y la corrupción, pero estará presente en el brillo de esperanza que ilumine nuestra mirada el día de nuestra liberación.

Publicidad

Publicidad