Domingo, 14 de octubre, 2018 | 2:30 am

Mi existencia a oscuras



El próximo mes cumpliré 58 años y no recuerdo ningún momento de mi existencia, viviendo en este país, en que no haya tenido que padecer apagones. Gran parte de mis noches de estudiante en el nivel primario, secundario y universitario tuve que estudiar iluminado por una lámpara de gas. Muchos libros devoré con la tenue luz de una vela al lado de mi cama, siempre con el riesgo de que me durmiera y se incendiara cama, libro y lector. Mis hijos crecieron y viven con apagones, el sol de mi vida, mi nieta de 4 años, lleva el breve tiempo de su existencia padeciendo los apagones.

Cuando veo la ciudad de Santo Domingo con sus mini-rascacielos, los túneles innecesarios, los elevados taponadores del tráfico, las letrinas en torres y residencias de lujo (letrinas son porque a pesar de sentarse los usuarios en inodoros de miles de pesos las deposiciones van a parar al subsuelo sin tratamiento de aguas residuales), y los fast-foods y “Malls” de la American-Way-of-Life, la apariencia de desarrollo se cae al primer apagón cotidiano que deja a oscuras sectores inmensos y los semáforos se apagan incrementando el caos en el ya caótico tráfico de nuestra ciudad. Sin olvidar el atraso que develamos cuando vemos los montículos de basura al aire libre a la espera de los camiones recolectores.

El atraso de apagones, letrinas y basura lo cargamos los dominicanos como si fuera un gen social. Un ejemplo personal. Cuando en enero de 1992 llegué a Carbondale, Illinois, a estudiar inglés en SIUC gracias a una beca Fulbright, lo primero que hice en mi primera compra fue adquirir un reloj despertador de cuerda (curiosamente los eléctricos era mucho más baratos) y un cubo de tres galones para el baño. Actué como buen dominicano. Estaba tan sensible al problema de quedarme dormido en la mañana o ir al sanitario y no tener agua para descargar, que no me daba cuenta que llegaba a una sociedad donde esos no eran problemas. Meses después, tomando clases en Loyola University of Chicago (LUC), un curso sobre Kant por cierto, al finalizar la tarde, se apagaron las luces en el edificio y todos mis compañeros salieron impulsados como resorte al pasillo como buenos ciudadanos entrenados en responder a crisis mayores, yo me quedé sentado, tranquilo, esperando a que “volviera la luz”, como digno ejemplar de la raza “dominican republic”.

Balaguer, Bosch, Peña Gómez, Antonio Guzmán, Jorge Blanco, Hipólito Mejía, Leonel Fernández y Danilo Medina, prometieron, juraron y perjuraron en oposición o gobierno, que el tema de un servicio eléctrico estable y permanente lo resolverían. Préstamos y gastos inmensos, en dólares, euros y pesos, se gastaron en supuestos esfuerzos de conjurar la oscuridad, sin que hasta el momento veamos la luz. ¡Y para octubre prometen más tinieblas!

La última esperanza que nos han vendido era que Punta Catalina sí resolvería la cuestión y de alguna manera muchos estaban embobados con esa promesa hasta que hace unos días Radhamés del Carmen Maríñez, funcionario de este gobierno, los despertó de ese sueño señalando que Punta Catalina no resolvería el problema de los apagones. El señor Maríñez, creo yo, sabe del tema, porque es Administrador General de la empresa Distribuidora del Sur (Edesur). Si Punta Catalina ya cargaba con el lastre de ser una planta contaminante de carbón y estar vinculada al inmenso fraude de Odebrecht, no porque lo diga yo, sino porque el mismísimo Ángel Rondón Rijo aseguró públicamente que Odebrecht le pagó RD$877 millones por gestionar Punta Catalina, resulta ahora que tampoco resolverá los apagones, por testimonio directo del Sr. Maríñez. ¿Para qué Punta Catalina? La oscuridad que nos arropa es más oscura de lo que imaginábamos, valga la redundancia.

Volviendo con Kant, el del apagón en LUC que mencioné, no es posible el desarrollo de un pueblo si no se basa en criterios y planes racionales (leer Crítica de la Razón Pura) por una parte, y no es posible avanzar como sociedad si no se imponen los imperativos categóricos de la moral por encima de la indecencia y la corrupción (leer Crítica de la Razón Práctica). La sociedad dominicana está en la penumbra pre-kantiana, a pesar de que estamos, no vivimos, en el siglo XXI.

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