Sábado, 23 de junio, 2018 | 2:25 pm

Marcha Verde



Cuando en diciembre de 2016 se destapó el escándalo de Odebrecht, la indignación invadió los corazones de miles de dominicanos. No sabíamos bien qué hacer, pero todos coincidíamos en una cosa: había que hacer algo.

La idea de una marcha surgió desde los micrófonos de La Z, en el programa El Gobierno de la Tarde. Vista la gran acogida que tuvo, se le dio forma, color, lugar y fecha. El resultado sorprendió a todo el país, despertó la esperanza y puso a temblar al Gobierno.

Esas personas que marcharon el 22 de enero de 2017, no lo hicieron por el llamado de nadie en específico, ni caminaron detrás de ningún “líder”, la indignación los llevó allí.

Luego, lo que surgió como un comité organizador se transformó en un movimiento de carácter permanente, para dar continuidad a esa energía descomunal que se había desatado.

El éxito de Marcha Verde radicó en que tenía sus oídos puestos en el corazón del pueblo, interpretando los deseos de la gran mayoría. Pero luego fue quitando ese oído.

Algunos pretendieron dirigir a la masa en lugar de acompañarla, ahí comenzó el declive en su poder de convocatoria, que era su única fuerza real.

Ese movimiento sin cabezas era la auténtica expresión del pueblo. Pero eso fue cambiando, y quienes pretendían capitalizar un éxito del cual no fueron autores, terminaron por ser autores de su tropiezo.

Marcha Verde debe poner otra vez sus oídos en el corazón del pueblo. Si el pueblo quiere rezar, entonces recemos, si el pueblo gritar, gritemos, y si el pueblo quiera lanzarse a las calles, entonces saltemos juntos con él.

Eso de acomodar la voluntad de un pueblo a la agenda de personas, de sectores o de ONG es muy peligroso. Cuando la impotencia de un pueblo indignado la tratan de contener, pasa lo mismo que con una olla de presión que le tapan la válvula.

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