Jueves, 13 de diciembre, 2018 | 12:31 am

Los mil rostros del miedo



El incalificable asesinato de una joven madre y sus tres hijos desnuda una de las manifestaciones más espantosas de la sociedad dominicana de estos tiempos: el crimen.

Nuestro día a día se ha transformado en un verdadero infierno. Si toleramos que esta sangre inocente monstruosamente derramada se olvide en breve puede que estemos perdidos de manera irremediable.

El momento y las circunstancias son para que se transite del horror al repudio. Que todas las iglesias repiquen las campanas y desde los púlpitos se nos hable de los oscuros derroteros en que nos encontramos.

Es el momento para que los periódicos publiquen editoriales en primera página.

Que los medios de toda naturaleza se manifiesten sobre el equívoco rumbo que ha tomado el país que nos vio nacer.

Es preciso que se escuchen nuestras voces. Las de todos. Las de las instituciones. La voz magnificada de una sociedad que se niega a esta sangrienta realidad. Que decide ponerse de pie. Que grita al unísono un NO rotundo. Un ALTO AL CRIMEN.

Debemos mirarnos seriamente en el espejo de este asesinato múltiple. La tragedia está a la vuelta de la esquina, tocando puertas, y hace tiempo que no distingue clases sociales, ni alarmas ni vigilancia, ni medida de seguridad alguna. El horror se encuentra al acecho y crece sin cesar.

A cada instante nos enseña su mano ensangrentada. ¿Acaso no nos hieren los oídos las lamentaciones de tantas madres ante el sacrificio de sus hijos?

La situación es grave. Es preciso que nos grabemos para siempre en la conciencia el rostro compungido, casi al borde de las lágrimas, del mismo director de la Policía cuando suministraba a la prensa los detalles de esta tragedia que no puede dejar a nadie impávido o indiferente.

Desconozco cuántas personas lloraron y cerraron las puertas de sus casas al enterarse de esta horrible noticia e imaginaron el sufrimiento de estos niños desamparados y esta infeliz mujer.

Quizás este horrible asesinato posee significados de una insoslayable trascendencia. Quizás sea la divinidad que nos señala con el índice como advertencia de este horror disperso que toma cuerpo en todas partes y que parece irrefrenable ante la indiferencia y el silencio de los que solo les importa la notoriedad pública, la buena vida y la acumulación de tesoros mal habidos.

La indiferencia no nos libera ni de responsabilidad ni de riesgo. Ocultar la cabeza en un hueco oscuro no aleja los peligros. Nos despeñamos en un abismo profundo en el que nos va a ser muy difícil recuperar la luz.

La sociedad, sus representantes a todos los niveles, como una sola persona, deben ponerse de pie.

Deben hacer sentir su presencia, su disposición a enfrentar este estado de cosas a como dé lugar. Si no asumimos ya mismo cuanto ocurre frente a nuestros ojos, después ya no habrá espacio para los lamentos.

Todos y cada uno de nosotros corre el riesgo de ser una de esas mismas víctimas cuyos cadáveres empezaron a descomponerse sin que nadie notara el horror de lo que había ocurrido en la puerta del vecino.

Roberto Marcallé Abreu

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