“Le dije a Dios: pídeme lo que quieras, menos ser sacerdote”

Al trabajar con las comunidades inmigrantes siente que crece su vocación

Mario Serrano
Mario Serrano


Santo Domingo.-“Nunca pensé ser sacerdote. Estudié Agronomía en el politécnico de San Cristóbal y trabajé como agrónomo durante un año y medio”.

Así empezó a hablar de su trayectoria espiritual el padre Mario Serrano, un reconocido activista social que lucha por erradicar la pobreza y la exclusión.

El religioso nació en el año 1968 en Zumbí, una comunidad de las lomas de El Cacao, en San Cristóbal, dónde, lejos de ser sacerdote, pensaba en vivir de la tierra.

Pero estando en el politécnico se encontró con el padre Tomás Marrero, un hombre muy comprometido con los barrios marginales, quien en retiros religiosos le hizo plantearse qué haría por su país.

“Eso me cambió el horizonte, porque uno se concentraba en los estudios, pensando que algún día iba a hacer algo por su familia”, expresó Serrano.

Confiesa que aún así no se planteó entrar al sacerdocio, porque “como buen dominicano” le encanta bailar y tenía malas ganas a los sacerdotes, porque lo sacaban del campus cuando estaban jugando fútbol.

“Además mi familia tampoco era de ir a misa, yo comencé a ir porque estaba en el politécnico de Loyola”, dice.

Rememora cuando, con 17 años, en uno de esos retiros espirituales lo pusieron a meditar sobre el amor de Dios frente al crucifijo y con las preguntas ¿qué has hecho, qué haces y qué harás por Cristo? comenzó a pensar sobre todo lo que tenía y lo amado que era y solo atinó a decir:

“Señor, pídeme lo que quieras, menos ser sacerdote”.

A los 18 años, al graduarse de perito agrónomo se fue a trabajar con los campesinos y allí entendió que sus fuerzas, y lo que tenía para dar, no era para entregárselo a una empresa privada, sino a Dios y a la gente; así que entró al seminario.

“Yo salí desde Hato Mayor hacia el seminario de Santiago y dije a mi mamá: si quiere ir conmigo espéreme en Santo Domingo.

No iba a dar razón de mi decisión porque la gente no iba a entender”.
Suspendido del politécnico

Recuerda que cuando estudiaba en el politécnico Loyola, a cargo de sacerdotes jesuitas, fue botado del mismo por encabezar una protesta contra un maestro que quiso examinarles sin anunciarlo.

La experiencia le marcó, porque otro sacerdote, al igual que su madre, abogó por él y le dieron una oportunidad, bajo el castigo de que debía acudir todos los sábados a trabajar a la finca del centro.

“Lo hice por complacer a mi madre, pero aprendí que en ocasiones uno no puede aferrarse a su propio criterio”, dijo.

Dudas por camino escogido

Serrano asegura que luego de decidir, la única duda que ha tenido ha sido de estilo, al preguntarse “si debía ser religioso jesuita o cura”, pero que la gente le respondió esa inquietud cuando le decía que quería ir a sus misas.

Expresó que durante su vida sacerdotal se ha enamorado y entrado en ambigüedades, hasta que llega el tiempo de tomar una decisión y ha renovado su alianza con quien se ha comprometido: con Dios.

“Lo más fuerte es cuando te encuentras a una persona y piensas que puedes hacer una familia por el resto de tu vida con ella, y es necesario cortarse casi un brazo y seguir tu camino, son momentos duros que pasan todos, hasta los hombres y mujeres casados, pero hay que renovar la alianza con quien te has aliado”, afirma.

Añade que esa renovación del compromiso contraído tiene que hacerse cada cierto tiempo, porque es una condición humana.

Su amor al servicio a los inmigrantes

El sacerdote Mario Serrano asegura que el pastor está para acompañar a su iglesia con ternura y hacer palpable al Dios viviente en lo que ya la gente está viviendo.

Dijo que al encontrarse a Dios en los sectores más excluidos de la sociedad donde ha estado trabajando y ver lo que sufren los migrantes haitianos en el país y los dominicanos en el extranjero, siente que su vocación sacerdotal creció.

“Intento ser cristiano y en ese sentido somos ciudadanos del universo, porque el católico es llamado a entenderse con todos como hermanos. Me llaman prohaitiano, pero lo que soy es prohumano; he estado inmerso en diferentes luchas sociales del país y vivido en Guachupita, por lo que nadie puede darme clase de dominicanidad”, dijo.

Informó que cuando vivió en Venezuela y en Estados Unidos conoció la situación de los migrantes dominicanos y entiende el sufrimiento de salir, de estar en otro país y que te maltraten donde vas a vivir tu fe.

“Cuando viví en Nueva York tuve un momento difícil, al convivir con unos compañeros que maltrataban a los dominicanos migrantes, eso me marcó”, dijo.

Consideró que los sacerdotes deben revisar si viven su religión como una profesión o por vocación, porque los católicos en todas partes del mundo están del lado de los migrantes y de los más desposeídos.

“La Iglesia católica nunca puede tener un discurso contra los migrantes, sino que los acompaña, porque cuando el dominicano es más dominicano que cristiano, debe revisarse”, dijo.

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