Domingo, 9 de diciembre, 2018 | 3:27 pm

Las crudas muertes de Amable y Rafael Reyes



Eran tiempos difíciles. Me lo dijeron y en principio no lo creía. Me lo contaron de nuevo y me conmoví. Ojalá no sea verdad, -me dije ya perturbado. Quisiera que todo sea un sueño macabro producto de una película de terror en una noche de insomnio.

Hemos oído tantas cosas horripilantes sobre como los esbirros de la dictadura eliminaban a sus víctimas que las formas como ocurrieron las muertes de Amable y Rafael Reyes –según se relata- me resultaban inverosímiles.

Un soldado del Ejército Nacional, luego de descabezada la dictadura y comenzando a reinar cierto hálito de libertad en el país, dijo a la madre de Amable que él personalmente lo había matado. –“Señora, usted busca al sargento Amable Reyes. No lo busque más, yo lo maté. No soporté verlo sufrir tanto”.

La madre de Amable, doña Epifania, inconsolable, no esperaba un saetazo tan fulminante y tan directo a su alma. Había recorrido el país visitando de cárcel a cárcel en busca de su vástago, un sargento de la desaparecida Academia Militar Dominicana. Abrigaba la firme esperanza de encontrar con vida a su hijo Amable. Alguien había dicho que estaba en una cárcel del ejército en la provincia fronteriza de Dajabón. Se propagó entonces que lo vieron en una ergástula junto a otros prisioneros políticos de la época.

Cuando llegó al fatídico lugar, aquella madre ansiosa, lacerada por el sufrimiento pero deseosa de encontrar vivo a su hijo, encontró un séquito de guardias que se ofrecía a ayudarla. De entre éstos salió un soldado que, sin mucho rodeo, le espetó: -“No busque más señora, yo maté a su hijo”-le repitió. Y prosiguió: –“A este soldado sus verdugos les cortaron sus dos piernas a nivel de rodillas. Lo pusieron a caminar –con los troncos restantes, desangrándose, mientras lo punzaban con bayonetas, obligándole a caminar entre filosas piedras y gruesas arenas. –“Eso te pasa por conspirar contra el jefe”,-le gritaban.

–“No soporté ver sufrir tanto a esta persona indefensa, entonces rastrillé mi arma y lo maté, señora”. -“Entendí que eso no se le hace a un hombre”, me dije con dolor y rabia. –“Los verdugos de Amable me encañonaron, me acusaron de defender a un enemigo del régimen”. De Héctor, se supo después, que lo torturaron, mataron y lo tiraron al mar desde un helicóptero.

Los cuerpos jamás fueron encontrados. Ambos habían logrado, sobre las bases de sus méritos militares, escalar a sargentos de la otrora Academia Militar de Ramfis Trujillo.

Ellos y otros militares se habían integrado al llamado “Complot de los Sargentos”, una hornada de valerosos oficiales de nivel medio de dicha rama castrense que se propuso conspirar para eliminar a Trujillo. Sabuesos que buscaban ganar favores del jefe los delataron y éstos fueron apresados, torturados y eliminados.

De Tamayo, un apartado municipio del Sur Profundo, cayó también Miguelito Matos, otro sargento, mecánico de avión hijo del ultra trujillista Fabián Matos, tronco de una familia que aportó luego dos de los más emblemáticos luchadores revolucionarios que accionaron para derrocar el gobierno de Joaquín Balaguer: Plinio y Manuel Matos Moquete.

Se rumoreó entre familiares y allegados que a Miguelito también lo sacrificó la tiranía. Esa es otra historia. Ahora, después que doña Epifania muriera de pena al saber la muerte de su hijo, la pregunta que nos hacemos es ¿dónde están los cuerpos de Amable y de Rafael? ¿Dónde están los restos de miles de dominicanos desaparecidos por la satrapía trujillista? De por Dios, ¿dónde están? Un pedido que ruge como grito lejano que se pierde en lontananza (El autor es periodista).

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