La utopía populista



El discurso populista pide lo imposible. Ahí descansa su filosofía. El populismo de izquierdas y el de derechas hoy encarnan la utopía del siglo XXI.

Esta ideología usa cierto radicalismo para encandilar a las masas. Solo funciona desde la oposición, pues sus propuestas son ilusas y teóricas, y por tanto imposibles de aplicar desde el Estado. Impacta en las masas, no así en la clase política, ya que explota las emociones y las pasiones del pueblo, pero no opera sobre su razón.

El populismo tiene sentido fuera del poder, pues desde el poder se desnaturaliza y se vuelve inoperante. Así pues, el renacimiento del discurso populista, en la actualidad, es el resultado de la crisis misma de la democracia representativa y del modelo neoliberal.

Su razón se ha entronizado en las masas populares ante la insatisfacción de demandas no resueltas y el auge de la corrupción, cáncer de las democracias occidentales, y que, junto con la impunidad, son los dos desafíos mayúsculos a los que se aboca para sobrevivir. De lo contrario, podría naufragar con la hipotética rehabilitación de las dictaduras, otro flagelo del siglo XX, que retrasó el avance de las libertades públicas y el desarrollo de las instituciones.

Hoy día el concepto de populismo no encierra una connotación despectiva, como se ha concebido históricamente, pero sí prolonga su acepción demagógica como estrategia político-electoral.

El populismo es, pues, un discurso para los débiles, donde tiene su caldo de cultivo, y donde germina siempre como posibilidad de cambio y progreso. Su antielitismo tiene un componente psicológico que actúa sobre las emociones del pueblo, antes que sobre su razón política.

Encarna, a menudo, en un liderazgo carismático y crece ante las crisis económicas y el vacío político. Rechaza las elites intelectuales y estimula la desconfianza en las instituciones estatales.

Posee una base social y, en algunos casos, su retórica nacionalista tiende a gestar un liderazgo caudillista, y de ahí su matiz autoritario.

La lógica del discurso populista, en efecto, reside en la reivindicación de los excluidos y marginados, donde anida su potencia persuasiva y su estrategia de manipulación de la conciencia popular.

Por consiguiente, el populismo estimula el estatismo, el proteccionismo y promete a las masas seguridad y justicia sociales, y la creación de un “Estado Benefactor”, un Leviatán paternalista y asistencialista.

El filósofo francés Bernard Henri-Levy escribió hace pocosdías en el diario El País: “si el secreto del poder está en la mirada, el populismo es una de las formas más elaboradas del poder en la Edad Moderna”.

El populismo es una enfermedad infantil intrínseca que es consecuencia del cansancio de las democracias liberales. Henri-Levy lo define como “la enfermedad senil de las democracias”.

Si el populismo se ha revindicado -tanto el de izquierdas como el de derechas- es porque el miedo lo ha encandilado, y de ahí su expansión como pólvora en las sociedades democráticas.

Solo basta fijarse que las dictaduras no han parido regímenes populistas sino los gobiernos democráticos. No es el “miedo a la libertad” lo que los estimula, sino el horror a la pobreza y la marginalidad, y de ahí su búsqueda de progreso productivo y bienestar social.

El populismo de nuevo cuño es una ola expansiva, cuyos guías no son intelectuales sino líderes antiintelectuales, que provienen del mundo empresarial o sindical. Así pues, el populismo como ideología política, es una de las grandes amenazas de la democracia liberal -y un “nuevo enemigo”, como dijo Vargas Llosa.

Por consiguiente, constituye un enorme desafío para el nuevo orden político internacional, por la tendencia hacia un “nacionalismo étnico” o un “nacionalismo económico”.

Publicidad

Publicidad