Jueves, 15 de noviembre, 2018 | 6:44 am

La república del central



Utilizar conceptos del marxismo en nuestro país en 1938-1939, aun en el ámbito estético, podía ser considerado una afrenta.

En “Over”, esta acción representa un gesto de valentía del autor, aunque la transfiera, al hilo de la narración, a personajes secundarios o se aluda el tema de forma indirecta: “como dicen los que escriben sobre esas cosas” (Santillana, 2016, p.72).

El poema “Proletario” de Rubens Suro, del grupo Los Nuevos de La Vega, publicado en 1940 en la “Antología Poética Dominicana” de Pedro René Contín Aybar, sería, en términos de lenguaje literario, su más cercano parangón.

Andrés L. Mateo (1993) sustenta que Héctor Incháustegui Cabral, también reclutado por el trujillismo, aun teniendo la aureola de un socialista, “todavía en los años cincuenta se pintará a sí mismo como un ´hosco guaraguao materialista´ y citará en sus poemas los nombres de Marx y Bakunin”, con lo que, en su óptica, procurará alterar y pervertir “la relación entre el artista y el poder dictatorial” (p. 11). La dictadura censuró el poema de Suro y “Over” no se volvió a publicar durante el régimen.

Pedro Mir publica sus primeros poemas en 1937, en el “Listín Diario”, y Juan Bosch ve en ellos la promesa de la gran poesía social dominicana venidera.

Su poema “Hay un país en el mundo”, una metáfora del país-ingenio azucarero, caracterizado por la opresión política y la pobreza, se publicará durante su exilio en Cuba, en 1949.

En “Over”, de Marrero Aristy, la atmósfera del batey (la finca, el central, el ingenio) es descrita como un sistema cerrado, monopólico de inhumana explotación y de condiciones de vida miserables.

Vidas que se desperdician en casuchas que “se derriengan flageladas por el sol” (p. 54).

El batey tiene un número; ni siquiera es digno de un nombre. Solo allí los trabajadores pueden gastar el escaso dinero que devengan por medio de los vales, una especie de letra de cambio con la que sufren el robo de lo que compran a través del “maldito over” (p. 53).

La dinámica productiva y comercial se reduce a “dar over” (p. 50), una injusticia, una iniquidad. A perpetrar, a toda costa, esa infernal “agonía del más” (p. 223), de la plusvalía ilícita, del robo indiscriminado a los desafortunados trabajadores que compran en las tiendas del central y a los propios bodegueros, por sometimiento del mánager. El over se traga la vida de los trabajadores.

Los que laboran en la industria de la caña de azúcar les pertenecen al over.

No existe espionaje más eficaz que el de la finca. Allí el empleado es, al mismo tiempo, “carne de trapiche” y lubricante de la máquina que mueve el “engranaje insaciable” del ingenio (p. 62). Así es la vida “en esta república que es el central” (p. 31).

La “agonía del más”, el over es vivido por Daniel Comprés como un factor generador de contradictoriedad, de angustia existencial, esa que, de acuerdo con Kierkegaard (1979), hace patente la nada, la sensación de vacío en el existente, y de sentido de absurdo como eje transversal de los acontecimientos.

Se evidencia, pues, un sistema de explotación que, aun a inicios del siglo pasado, ya prefiguraba lo que el filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han (2015) llama “sociedad de rendimiento” o “sociedad de dopaje”, en la que, por todos los medios, el individuo actual, está compelido a “dar over”, sometido a la “agonía del más”, en términos de eficiencia productiva y de ausencia de ocio, a través de mecanismos de hiperexplotación por sí mismo y de ciberadicciones como intoxicación por exceso de información digital y el “burnout” o síndrome del quemado mental y vital.

José Mármol

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