Viernes, 21 de septiembre, 2018 | 1:35 pm

La política es ruda y gobernar difícil



“La política es ruda y gobernar difícil”, dijo hace unos meses el presidente Sebastián Piñera al iniciar su mandato como presidente de Chile; en momentos en que el manejo del poder se hace cada vez más complejo a nivel global.

Y es que en el siglo XXI las relaciones de poder han cambiado mucho bajo el influjo de la era de la posverdad, en la que se juega con lo que se considera la verdad emotiva y que, no necesariamente, se corresponde con la realidad.

La política, lo político y el poder, por vía de consecuencia, deben ser manejados ante esa nueva realidad.

Durante la primera mitad del siglo XX, los escritores británicos Aldous Huxley y George Orwell expresaron sus temores, con visiones hacia el porvenir, acerca de que la verdad resultara manipulada o cambiada en su esencia.

Huxley, filósofo y escritor que emigró desde joven a Estados Unidos, en su obra “Un mundo feliz”, y Orwell en la novela política de ficción “1984” formulan serias críticas

Huxley llamó a la atención en torno a que la verdad quedara ahogada en un océano de insignificancias y que el deseo de conocimiento fuera reprimido, en tanto que, en 1949, dos décadas después; Orwell revela que le asustaba la idea de que la misma terminara oculta debido a la influencia de poderes de control totalitario.

En estos tiempos, el pensador venezolano Moisés Naím, en la exitosa obra “El fin del poder” , indica que “el poder en el siglo XXI es más fácil de obtener, más difícil de usar y más fácil de perder”.

Naím establece cómo a medida que pierden poder las grandes organizaciones y los líderes que por décadas han sido reconocidos como tales, otros grupos aparecen y ganan dominio de forma simultánea.

Asimismo, describe la lucha entre los principales actores que durante mucho tiempo fueron dominantes y de los nuevos micropoderes que comienzan a destacarse en los ámbitos económico, social, político, cultural y el humano.

En cualquier parte del mundo, en determinadas esferas de poder, pública y privada, históricamente se ha mezclado la mentira con la verdad con el objetivo de sectores hegemónicos de obtener beneficios.

La mentira ya formaba parte de la democracia griega, hace 2,500 años. Tucídides y Jenofonte describen en sus historias las argucias de demagogos, como los casos de Cleón o Alcibíades, quienes utilizaron el engaño para desacreditar a sus rivales. Aunque esta conducta fue condenada por Aristóteles, encontró respaldo de pensadores del nivel de Tácito y Quintiliano, para quienes los gobernantes tenían el campo abierto a la mentira frente a sus enemigos o los ciudadanos.

Mientras que Nicolás de Maquiavelo, en el siglo XVI, junto a otros, retoma la idea y la eleva al rango de norma general en la praxis política, creando una teoría del poder basada “en la verdad factual de las cosas”.

El autor de “El Príncipe” sostiene, en el capítulo XVIII, que “el príncipe debe seguir el ejemplo del zorro (…), saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y en disimular, mintiendo y rompiendo sus promesas cuando semejante observancia vaya en contra de sus intereses”.

Estos engaños, agrega, no solo son legítimos en virtud de su practicidad, sino fáciles de acometer, ya que los hombres son tan simples y están tan centrados en sus necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar…

Definitivamente, el ejercicio del poder resulta complejo, la política, ruda; y gobernar, difícil.

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