Martes, 11 de diciembre, 2018 | 2:28 am

La poesía como lenguaje extremo



La muerte es, como el Estado para Octavio Paz, además de un ogro filantrópico, una suerte de irrealidad demasiado real, que, como el aire, está en todas partes, y sin embargo, ni siquiera tiene rostro.

Nada más metafísico y al mismo tiempo nada más cotidiano, cercano y troncal a la vida que la misma muerte.

Existe un estadio intermedio entre la vida y la muerte, entre Eros y Tánatos, entre el bien y el mal, que se llama enfermedad. Aunque en ocasiones parezca diezmar casi a la vida y al cuerpo, en otras, la enfermedad se convierte en dínamo que enciende la creatividad de la inteligencia y el espíritu humanos, desprendiendo de su angustia hermosas piezas de lucidez estética, muchas de ellas transformadas, con el tiempo, en reliquias del alma o en obras de arte perdurables.

La poesía ha sido muchas veces el refugio lingüístico de experiencias humanas extremas. Tocar el borde de la muerte a raíz de la fuerza destructiva de una enfermedad es una de ellas.

Extrema, digo, porque en nuestro imaginario la muerte se coloca en oposición a la vida, cuando en la realidad monda y lironda, la muerte es intrínseca a la condición de vivir. La poesía, por tradición, ha subrayado la percepción de los antípodas, de los extremos inconciliables: vivir o morir como un dilema axiológico.

Estas modestas reflexiones vienen a cuento luego de leer los nuevos poemarios del poeta, ensayista, novelista, crítico de cine y periodista cultural Luis Beiro Álvarez; autor de origen cubano, pero, radicado hace décadas en nuestro país, con una dinámica y productiva presencia, aunque siempre comedida y austera, en los espacios culturales dominicanos, de los que se ha hecho parte, en buena lid.

Los volúmenes “Con la sangre ajena” y “Jugar a Dios”, ambos editados por Unicornio, Puerto Rico, en 2013, se suman, con personalidad estilística y vocación de fe artística y espiritual, a ese vasto conjunto de obras poéticas de la literatura universal, en cuya génesis creativa y primer motor expresivo del pensamiento y el lenguaje se encuentra la experiencia extrema de una enfermedad con rostro de muerte.

En el poema titulado, como el libro, “Con la sangre ajena”, Beiro Álvarez encandila, a propósito del fantasma enfermedad-muerte, versos como: “Es un hurón agazapado/ que me ata a lo imposible./ Mis venas, hundidas, desbordadas/ cruzan la soledad que guardo a flor de piel”.

Y concluye, pese a la duda de vivir o morir, que se mantendrá “con fe de renacer con la sangre ajena”. Es decir, transfundida; esa de la que en otro poema dice sentir sus delirios caminar en sus bramidos “como pájaros sagrados abriéndome el sentir”.

La otra experiencia extrema resulta cuando el lenguaje poético otorga, como en Vicente Huidobro y su Creacionismo, el privilegio omnímodo de sentirse Dios; o al menos, jugar a ser él.

Al ahondar en la búsqueda de alguna de las formas de Dios, la escritura se vuelve “un demonio que transmite el comienzo/ de un abismo insostenible”.

Este es el estadio en que un hombre se siente “propietario del sol: y nada tengo”. En que aspira resurgir de sus cenizas, “con una carta de amor incendiada entre mis manos”.

Ambos libros, resueltos en versos libres, prosa poética, sonetos y décimas constituyen, más allá de sus hallazgos estéticos, una expresión radical de la permanencia de la poesía, como profesión de fe, en el don maravilloso de la vida y el misterio de la palabra. Afortunadamente, Beiro Álvarez pudo capear el mal tiempo del quebranto y todavía tendrá, con su propia sangre, más tiempo y energías para seguir escribiendo.

José Mármol

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