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La palabra de la mujer

La tradición filosófica que estudiamos los que nos dedicamos a esa disciplina está compuesta por los textos de hombres-blancos-muertos, desde Platón hasta Heidegger. Este dato explica en gran parte el sesgo de muchos de los enfoques que estos autores desarrollaron frente al negro, el asiático, la mujer y los niños. El pensamiento luce como producto exclusivo de los hombres europeos, por extensión los blancos de Estados Unidos. Por tanto se definen y definen a los otros que no son ellos. Esta tradición ha impactado terriblemente en la sociología, la historia, las ciencias políticas, la economía y hasta la teología. Pensar es supuesto como oficio de los hombres blancos, el resto están a disposición de sus ideas y sus definiciones.

La ontología occidental tiene en Heidegger su último gran exponente y sistematizador. Por tanto cuando Levinas inicia su reflexión, siendo discípulo de Heidegger, apunta sus dardos racionales contra el portento alemán de la filosofía, lidiando contra sus ideas como resumen de toda la tradición pretérita a su gran obra El Ser y el Tiempo. Frente a la pretensión heideggeriana de que el ser únicamente se abre en su sentido al ser humano, al ser-ahí, como él lo denomina en su filosofía, Levinas plantea que la verdad está en el otro, en el diálogo, en el cara-a-cara. Y de manera privilegiada en el otro que es el pobre, la viuda, el emigrante, siguiendo la rica tradición profética del antiguo testamento. Es una verdadera y profunda ruptura con la tradición occidental que ha justificado el dominio de los blancos sobre los otros pueblos, la supremacía del hombre sobre la mujer, y el pseudo-derecho de los ricos a dominar a los pobres.

Pero Levinas sigue viendo esta perspectiva desde Europa, y eso lo descubre el filósofo vivo latinoamericano más importante que existe: Enrique Dussel. Junto con Daniel Guillot, Dussel publica un libro titulado Liberación Latinoamericana y Emmanuel Levinas, donde acotan por un lado el gran aporte levinasiano y por otra su incomprensión del tema visto precisamente desde los otros que no son blancos europeos. Basta esta cita de dicho libro para entender la magnitud del problema: “El cara-a-cara originario, como bien lo entendió Levinas contra la fenomenología todavía intuicionista, es la del eros, de un varón ante la mujer. Pero ya aquí la mujer es descrita como pasividad, como la interioridad de la casa, como el recogimiento del hogar. Es decir, su descripción aliena la mujer en una cierta visión todavía machista de la existencia. Sin liberación de la mujer Levinas puede hablar del hijo, pero, por su parte, queda mal planteada la cuestión de la educación del hijo, es decir, lo que Paulo Freire llamaría la liberación del oprimido. Sin liberación del hijo queda igualmente sin plantearse la cuestión del hermano, es decir, el problema político. Levinas describe en definitiva una experiencia primera: el cara-a-cara, pero sin mediaciones” (p. 8). El otro, desde la perspectiva dusseliana, no es un ente etéreo, sino concreto en relaciones de explotación, de dominación, de machismo.

Construir una civilización digna de todo ser humano, una civilización del amor, demanda como punto de partida que tengan palabra los explotados, los negros, las mujeres, los niños, es decir, todos aquellos que son excluidos del poder, del conocimiento. Esos entes invisibles para el pensamiento occidental siguen sufriendo su exclusión como marionetas de los intereses dominantes, sea a nivel político, económico, social, cultural y hasta religioso. No se les permite hablar, se habla por ellos, desde la masculinidad adulta. Es una perversión esencial a nuestra civilización, que tiene profundas raíces y que demanda desenterrarlas para crear nuevos espacios donde todos nos veamos cara-a-cara y podamos decir cada cual la palabra que nos representa, expresar lo que sentimos y ordenar todo el orden societal en función de esa diversidad.

Si alguien tiene claro que urge que la mujer tenga su palabra es el Papa Francisco, dos botones de muestra: tres mujeres laicas en la Congregación Romana de la Doctrina de la Fe y una abogada laica como Canciller del Arzobispado de Santiago de Chile. Falta mucho más, pero la dirección es clara y hacía allí debemos avanzar.

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