Miércoles, 14 de noviembre, 2018 | 11:42 pm

La maldad de los malvados



Leer y releer a un poeta de la sensibilidad de Freddy Gatón Arce, siempre resulta aleccionador. Se estremece el espíritu cuando el poeta nos recuerda a “los humildes de mi pueblo” y dice de ellos que “aún después del amor/ ellos estaban solos sobre la tierra”.

“Son muchos los humildes de mi pueblo/yo escribí sus nombres sobre los muros, pero no los recuerdo/ yo rescaté su corazón de la carcoma y el olvido/pero no sé dónde quedó la sangre coagulada/ni si vino familiar alguno a limpiar la mancha que había sobre el duro tapiz de la noche”.

Es lo que siento al leer escritos de terceros y propios sobre la amarga situación de tantas personas que reciben el calificativo de “desheredados de la fortuna”.

Y uno medita en los auténticos propósitos de la sociedad y del Estado, en el imperativo imprescindible de velar por el bienestar de los débiles y vulnerables, el de instaurar un régimen de justicia que impida a los menos poderosos ser devorados por los más.

Solo que con contadas excepciones personales y las luchas por ser independientes, se tropezará en toda nuestra historia una vez y otra con los apetitos desaforados, el poder omnímodo, la ambición por riquezas mal habidas, las actitudes avasallantes y los despropósitos.

Anthony Levi, de la Universidad de St. Andrews justificaba el proceder contradictorio del cardenal Richelieu porque su norte, demostrado en los hechos, era el engrandecimiento de Francia.

El personaje, nos dice, “consiguió crear un país unificado con su propia identidad cultural independiente, extendiéndola por todo el territorio”.

Levi comprende que, para lograr dichas metas, el cardenal procediera “de manera despiadada” y como “un maestro del disimulo”, que de forma sistemática “ocultara sus ambiciones y objetivos” y que se condujera “con el arma poderosa del silencio impenetrable”.

Freddy Gatón Arce nos habla por el contrario de aquellos que “destruyen el mundo alzado en su propia sinfonía/y buscan los horrores de la vida y la muerte”.

“Digan cómo desaparecen los muchachos de los hogares/y de las cárceles y los hospitales/cómo los matan en las calles cuando forman corro”. O “cómo los ultiman de un solo disparo en la nuca/o el corazón”.

En sus extraordinarios poemas Gatón Arce se rebela contra la indiferencia social y oficial y le dice a Bernardina que “no se puede estar solo entre cuatro paredes/pensando en quién sabe qué/que no toma en cuenta a los demás/ que los otros no sientan como parte suya”.

Y aconseja no tolerar “la humillación de los humildes/ni la maldad de los malvados”. “Alguien debe explicar, de todos modos/ las diferencias entre los restos que están en mausoleos y osarios o a campo raso/pues hace mucho tiempo que oímos que todos somos iguales ante la muerte”.

Resulta edificante y aleccionador pensar y repensar nuestra historia.

Las mismas circunstancias No es incierto que las mismas circunstancias el poder Y esa puede ser su perdición. Los ejemplos abundan en la historia nacional de los últimos

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