Miércoles, 15 de agosto, 2018 | 6:34 am

La guerra de Corea



Cosa extraña, pero la guerra de Corea, que duró de 1950 a 1953, tuvo sus repercusiones en mi lugar. Las Gordas, era y es el horroroso nombre que los antepasados le pusieron a ese punto del planeta en que yo vine al mundo, a la lucha y al amor.

En esos tiempos aquella era una atrasada comarca, sin luz eléctrica, ni carretera.

Desaparecía del mapa cuando llegaba la noche. Comunicada por tierra a través de unos caminos pantanosos, a lomo de bueyes y, principalmente, de caballos que parecían amaestrados para vadear aquellos lodazales.

La otra vía, era el río Boba, que entonces tenía agua suficiente para el tránsito en yolas y cayucos.

Apenas había llegado el radio, de esos que funcionaban con pila seca que, por regla general, debía cambiarse cada seis meses.

No recuerdo haber oído hablar de aquella guerra y me parece que las primeras noticias las tuve cuando se supo que cuatro jóvenes del lugar habían recibido respuesta afirmativa a un telegrama enviado por ellos seis meses antes al dictador, ofreciéndose como voluntarios.

Para los que piensen en escribir la historia del lugar, aquí van los nombres respectivos. Miguel Florencio Javier –Flor-, Santana García Ventura, Víctor Damián –Niningo- y Rafael Bencosme –Fellito-. Se iban para la guerra y la gente hablaba de esto con un dejo de misterio.

Horas santas, responsos, promesas se ofrecieron por aquellos muchachos que la gente vio crecer y que ahora emprendían un viaje probablemente sin retorno. A todos les volvió el alma a su lugar cuando un mediodía, de julio o agosto de 1953, se les vio regresar inesperadamente, vestidos de kaki, recortados al estilo militar.

Se firmó el armisticio, dijeron, y aunque no se entendía bien lo que era un armisticio, se percibía que ya no se iba a seguir peleando y que aquellos cuatro jóvenes audaces y valientes, estaban de regreso sanos y salvo.

La incertidumbre y el temor se convirtieron en fiesta y no vaya usted a saber las horas de buen humor que se vivieron por años, escuchando las anécdotas de esos hombres sobre su estadía en condición de soldados en la base naval de Sans Sousí, esperando la orden de partir a un lejano campo de batalla.

Especialmente las contadas por Santana y por Fellito, que tenían una gracia especial para el relato.

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