Miércoles, 17 de octubre, 2018 | 8:58 pm

La generación del gran desafío



Como sujetos de la contemporaneidad, vivimos las bondades y los desalientos inherentes a un indetenible y acelerado proceso de globalización.

La sociedad planetaria está sometida a cada vez más siniestros riesgos naturales y sociales, así como a crecientes retos en los órdenes económico, jurídico-político, tecnológico, científico, ético y de desarrollo humano, y cuyos problemas urgentes o mediatos y sus respectivas soluciones han de moverse en una dialéctica compleja de aspiraciones de mejoramiento local frente a reglas de juego y barreras de carácter global.

El recurso de la “glocalización”, como arte de combinar lo local y lo global para mitigar efectos dañinos de la globalización es, en el mejor de los casos, un aliciente, pero no una solución.

Vivimos tiempos de penurias, como en su momento y visionariamente los llamara el poeta alemán Friedrich Hölderlin (1770-1843), porque la humanidad, sacudida por profundas crisis en todos los ámbitos, ha dado al traste, sin haber perfilado un rumbo preciso, con los valores del humanismo clásico y con los ideales de emancipación y de progreso enarbolados por la modernidad y por el deseo de la razón.

Como sustentó el adelantado artista español de finales del siglo XVIII e inicios del XIX, Francisco Goya, el genio de la razón engendra monstruos. Nuestro futuro tiene forma de incertidumbre. Imperan falsos valores hedonistas en nuestra cultura y en el espíritu del individuo de la posmodernidad.

Como sustenta Gilles Lipovetsky en una entrevista con Bertrand Richard, esta sociedad, que delira en radicalismos, alienación, consumismo desenfrenado e individualismo narcisista e insolidario, “nos condena a vivir en un estado de insuficiencia perpetua, a desear siempre más de lo que podemos comprar.

Se nos aparta implacablemente del estado de plenitud, se nos tiene siempre insatisfechos, amargados por todo lo que no podemos permitirnos”.

Estamos condenados a vivir bajo un aire de ineludible decepción, de implacable vacío existencial, a merced de un malestar que arrincona a un grado cero la esperanza en un mundo más justo y mejor, y que se entrega a la orgía del apogeo de los dispositivos y los recursos digitales de la información y la comunicación, en procura de una libertad, que no es más que ilusión, y de una compañía (comunidad en red) que no es otra cosa que una radical soledad distraída por pantallazos coloridos y efluvios del clic, incapaces de evitar los síndromes de vaciedad, depresión, solipsismo y alienación como efectos propios de la posmodernidad.

Pertenecemos, querámoslo o no, a la generación del gran desafío, esa que tiene la misión impostergable de salvar a la sociedad de los arrebatos autodestructivos generados por la sociedad misma, que empujada hacia una voraz e irresponsable conducta de tener y de acumular poderío económico, tecnológico y armamentista, empeñando, incluso, la condición de ser y de permanecer como civilización, amenaza la sostenibilidad, ya no solo de la especie humana, sino, también del planeta, sus ecosistemas naturales y sus sociosistemas.

En otros tiempos, la lucha final parecía ser entre el imperio romano y las tribus bárbaras, entre el antiguo y el nuevo régimen, entre secesionistas y unionistas, entre monárquicos y republicanos, entre fascistas y revolucionarios, entre autócratas y demócratas, en fin. Hoy la lucha se libra entre escépticos fatalistas y quiméricos esperanzados.

De lo que se trata es, no de imponer una ideología sobre otra con presunción teleológica, ni una estrategia de poder disciplinario sobre otra de dominio con poder digital.

Se trata, más bien, de la responsabilidad de salvar el mundo y salvar al Otro, nuestro alter ego, a pesar de nosotros mismos, nuestras cegueras egocéntricas, nuestras pasiones singularistas, nuestro decepcionante delirio por tener y acumular.

José Mármol

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