Viernes, 17 de agosto, 2018 | 7:16 pm

La dignidad humana



Nos ha costado mucho establecer conceptualmente la dignidad humana como un absoluto en el pensamiento social y político, las teorías económicas, las propuestas filosóficas y hasta en las principales concepciones religiosas. La práctica es otra cosa. Nuestras instituciones y maneras de pensar y creer son herederas de patrones discriminadores, actitudes xenófobas, racistas, homofóbicas, aporofóbicas, misogínicas y nacionalistas.

Seguimos justificando el odio contra los que no son como nosotros, cualquiera que sean esos “otros”, nuestros himnos y textos patrióticos argumentan sobre la grandeza de la tribu a la que pertenecemos, nuestras creencias religiosas sostienen orgullosamente que somos poseedores de la verdad, nuestras utopías políticas y sociales son entendidas como el futuro necesario, y por supuesto estimulamos la sagacidad para prever la guerra que inevitablemente declararemos cuando los enemigos que inventamos se resistan a nuestro designio.

Quienes reconocen a los otros como iguales pasan a ser traidores y ninguna disensión es permitida porque la identidad nacional es monolítica, estática y definida por el cenáculo de los ancianos de patriotismo puro. Los problemas reales de la sociedad, sobre todo la desigualdad, se oculta por el llamado a la unidad y defensa del status quo frente a los definimos como enemigos. La mirada social es obligada a prestarle atención a la alteridad, atenta a cualquier “peligro”. Los mitos sobre alianzas internacionales y complots de potencias contra nuestra existencia como Estado se definen como verdades científicas y el conteo de los peligrosos invasores se les adjudica al cálculo imaginario, negándole validez a las investigaciones sociales.

No se reconoce la dignidad de aquellos que son diferentes porque únicamente es digno quien asume la ortodoxia nacionalista-machista.

Asumir la dignidad humana niega toda forma de discriminación y conduce a una sociedad plural y democrática donde el diálogo, no la guerra, es la norma de convivencia social. Su fundamento es precisamente el pensamiento racional asumido radicalmente, sin subterfugios ideológicos o de creencias, ya que la apertura al rostro del otro y su palabra es inherente al reconocimiento de la propia dignidad. El futuro no se predice desde una óptica excluyente, sino que se construye entre todos como apuesta por un mundo mejor, más equitativo y próspero, pero compartido, no para beneficio de minorías plutocráticas.

Llevar a la práctica la dignidad humana conlleva grandes dosis de tolerancia apertura a lo novedoso. El miedo a que la realidad sea diferente de lo que pensamos es el punto de partida equivocado para vivir en un mundo donde la dignidad de todos sea reconocida. La verdad no es la mía, ni la tuya, es el producto del diálogo honesto y sin condiciones entre todos los miembros de la comunidad que vive en nuestro territorio y en intercambio con las otras comunidades, con las otras naciones, con los otros pueblos.

Educar para el reconocimiento de la dignidad humana demanda docentes que se abran al diálogo con sus estudiantes, padres que vean en sus hijos a personas, no animales para entrenar. Si la sociedad se construye en su base entre la familia y la escuela, ambas han de cambiar radicalmente y cultivar el diálogo, el convencimiento racional, el respeto a la diferencia de cada uno. Toda persona es un absoluto y no puede ser objeto de nuestros intereses. Ser cliente, empleado, subalterno o cualquier otra forma de dependencia es secundaria frente a la condición de persona o ciudadano.

Llevar el reconocimiento de la dignidad humana de la teoría a la práctica demanda mucho esfuerzo y pensamiento crítico, ya que casi todas nuestras formas institucionales son herramientas de sometimiento, no espacios para cultivar la libertad.

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