La derrota del ciudadano



Alguna vez en nuestra historia la actividad política estuvo inspirada en ideales. El principal de ellos, vivir en una patria libre, independiente y próspera.

Que los esfuerzos comunes estuvieran orientados a rescatar al común de la gente de su postración social y económica.

Miles de hombres y mujeres entregaron su vida por estas creencias. Los nombres de nuestros mártires conocidos y anónimos integran montañas.

Tal es la esencia del pensamiento del fundador de la nacionalidad dominicana, Juan Pablo Duarte. Esa vocación de libertad, independencia y progreso existió desde antes de la gesta heroica de 1844, cuando nació la República Dominicana. Y ha acompañado al dominicano durante toda su historia.

Tras el final de la dictadura en 1961 hasta la década de los noventa, el liderazgo nacional estuvo integrado por tres hombres fundamentales: Bosch, Balaguer y Peña Gómez. Ninguno de ellos poseía fortuna personal. No eran adictos al dinero ni a las riquezas materiales.

El discipulado de estos hombres, tan pronto sus integrantes alcanzaron el poder, dio fehacientes evidencias de que sus criterios eran radicalmente diferentes.

Pese a que el PRD fue durante decenas de años un poderoso instrumento de las luchas populares, su ejercicio gubernamental de 1978 al 1986 fue vergonzoso.

Sus méritos: liberó a los presos políticos, permitió el reingreso de los exiliados y deshizo el poder de las cúpulas militares.

Pero soltó las amarras de una corrupción previamente selectiva y abrió las compuertas a los empréstitos masivos. Su avasallante populismo desorganizó el Estado y sus instituciones. Su gestión 2000-2004 fue igualmente desacertada y ominosa.

Se creía que la llegada del discipulado del profesor Bosch al poder supondría la aplicación de un programa en el que predominaran los elevados ideales que han normado nuestras aspiraciones nacionales.

Era lo que Bosch y la cúpula dirigencial a su lado predicaban y el contenido de sus “programas de gobierno”.

Tras años de ejercicio, una evaluación al día arroja resultados frustratorios: la corrupción y la impunidad han alcanzado niveles aterradores, los salarios resultan miserables, el crimen y la inseguridad, el tráfico y consumo de drogas se han incrementado hasta niveles catastróficos.

Asesinatos de mujeres, masiva presencia haitiana ilegal y sin control, progresiva desaparición de la clase media, incremento de la pobreza, desorden y disfuncionalidad institucional. Y ni qué decir de los montos de la deuda externa.

La oposición, a su vez, encabezada por un remedo del perredeísmo en bancarrota luce dispersa, ineficaz, sin empuje. No existe una sólida unidad de acción en las calles con el pueblo ni un pliego común y consistente de demandas en beneficio de los ciudadanos.

A estas alturas ni al Gobierno ni a la oposición parecen interesar los reclamos de la gente. Quizás porque conocen sus propios montos de culpabilidad e indiferencia.

Pienso ahora en ese decir sobre “arrimar los oídos al corazón del pueblo” para conocer de primera mano sus sinsabores y amarguras. Los políticos, es evidente, no están en eso.

Y la razón es elemental: temen que si escuchan los latidos del corazón de millones de ciudadanos el estruendo sea tan ensordecedor que los haga correr despavoridos a esconderse.

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