Ideas preconcebidas



No tengo que ser una eminencia en las letras ni la conducta humana, ni mucho menos dotada con un alto coeficiente intelectual para entender lo importante de darnos la oportunidad de conocer a los demás o experimentar cosas nuevas, sin ideas preconcebidas ni patrones establecidos.

Tenemos muchas etiquetas incrustadas en nuestra mente… unas creadas en la cuna familiar, otras en el mundo escolar y algunas en el ámbito laboral y profesional… al fin y al cabo, somos como una esponja y la sociedad nuestro mar.

Nos declaramos libres e independiente de toda dominación y somos más maleables que el acero al calor del fuego… ya sea por incidencia de los padres, familiares, amigos, compañeros de trabajo, medios electrónicos y hasta de cualquier desconocido.

A lo largo de nuestra vida vamos definiendo nuestros gustos, muchas veces sin siquiera probar la sopa. Llegamos a pensar que la ópera es puro aburrimiento sin llegar al teatro; que el ballet es un somnífero muy eficaz; que los cuentos son cosas de niños; que los intelectuales son pedantes y aburridos; los idealistas, unos pobre ilusos; los optimistas, unos infelices desinformados; los tímidos, taciturnos y los románticos unos débiles ingenuos, y así… hasta el infinito y más allá.

Habitualmente nos identificamos con aquello que nos es familiar, sin lograr entender que bajo cada piel o formato hay un ser o una obra diferente que merece ser conocida sin prejuicios, sea cual sea el envoltorio que lo cubra.

Si no logras entender que lo mejor de la vida es esa oportunidad de dar el primer bocado para sentir un nuevo sabor o inundar nuestro olfato con un nuevo aroma, te estás perdiendo de la mitad de las cosas buenas de esta vida.

Publicidad

Publicidad