Ética y desigualdad de la riqueza



La desigualdad de la riqueza ha sido tema de constante discusión en la historia del pensamiento económico. Autores como Aristóteles, Santo Tomas de Aquino, John Locke, Adam Smith y Carlos Marx, entre otros, se han referido al mismo.

Sin embargo, las ideas económicas en las últimas décadas han estado sometidas a la tensión entre las teorías de la igualdad y la teoría de la eficiencia. Las primeras proponen que la riqueza se redistribuya por la acción de los gobiernos y la segunda sugiere que el establecimiento de impuestos por parte del gobierno, para redistribuir la riqueza, genera desincentivos para el trabajo, el ahorro y la inversión.

Además, esta última visión de la economía plantea que la política redistributiva socava el sentido de la responsabilidad individual en la medida que transfiere de los individuos al Estado la autoridad de tomar decisiones fundamentales.

Otros autores contemporáneos, como Branko Milanovic y François Bourguignon, economistas que trabajaron en el Banco Mundial, han escrito diversas obras sobre la desigualdad global. Ambos autores, mostraron que estamos ante un mundo extraordinariamente desigual en relación con cualquier estándar nacional y que, al mismo tiempo, la globalización ha sido ambivalente porque ha generado perdedores y ganadores.

No obstante, lo más característico de este proceso de globalización y desigualdad de la riqueza es que ha generado una brecha extremadamente grande entre ricos y pobres. Por ejemplo, la distancia entre Bill Gates y Warrent Buffet en Estados Unidos, Carlos Slim en México o Amancio Ortega en España, y una persona sin techo en cada uno de esos países es mucho más grande que las que han existido en cualquier otra época de la historia de la humanidad.

Esta gran desigualdad se plasma en estilo de vida y en pautas residenciales que son exclusivos y excluyentes, y producen segregación y distancia social, fomentado el consumo conspicuo de la clase dedicada al negocio o “clase ociosa” como diría Thorstein Veblen.

Por eso, el fenómeno de la desigualdad global se ha convertido no solo en un problema social, sino que asume una dimensión ética en su solución.

Es por eso que las políticas públicas que aborden este mal tendrán que superar la visión utilitarista de la economía y  asumir una “Ética liberadora” como diría Enrique Dussel. Hasta ahora,  los datos sobre desigualdad global no dan pie al optimismo como plantea la historiadora y economista ultraliberal Deirdre N. McCloskey en su magna trilogía sobre la “Era de la burguesía”, hay que seguir combatiendo este mal con firmeza.

Publicidad

Publicidad