Lunes, 21 de mayo, 2018 | 11:55 am

Estado sin política fronteriza



Por Fidel Santana

El caso de los asuntos públicos concernientes al control fronterizo y migración, en cualquier evaluación somera pone en evidencia el comportamiento pendular del liderazgo dominicano. Del autoritarismo y el odio genocida de la dictadura trujillista hemos pasado al extremo opuesto, a la falta de políticas nacionales que orienten el accionar del Estado para garantizar la soberanía, el control de nuestras fronteras, el cumplimientos de las leyes sobre inmigración de extranjeros y la ausencia de medidas para moderar el impacto de la alta presencia de mano de obra extranjera en el mercado de trabajo del país, lo cual distorsiona los niveles salariales que devengan los trabajadores y trabajadoras dominicanos.

De lo que estoy hablando no es de xenofobia ni de ultranacionalismo. A lo que me refiero es a la debilidad con la que actúa el Estado, por la carencia de políticas, en lo concerniente al control fronterizo y de inmigración. Lo que está ocurriendo es realmente alarmante. Lo pude constatar en un viaje reciente a la zona fronteriza con Haití, en el que recorrí un tramo de la llamada carretera Internacional, que más bien debería ser llamada “Lodazal Internacional”, por la que cada día transitan decenas de motocicletas cargadas de inmigrantes indocumentados con el desparpajo del que no teme a controles. La política fronteriza ha sido sustituida por el horizonte mercurial de oportunistas con o sin uniforme.

El descuido del Estado dominicano en la frontera es evidente, no solo por la desastrosa situación de la carretera Internacional, sino por la desidia frente a los símbolos patrios, como es el caso del busto de Duarte en la comunidad de Los Pinos del Edén, que se encuentra deteriorada y rota. Igual desazón ocasiona ver las condiciones en que se encuentra la bandera dominicana en el puesto fronterizo de Jimaní, colocada en la antena de radio de la oficina de Migración como quejido sin doliente.

Estatua de Duarte

Estatua de Duarte

En el caso de Haití, que presenta serias debilidades como Estado, el puesto fronterizo presenta una bandera reluciente, enhestada en lo alto de un asta que permite ver ondear su símbolo patrio desde lejos. ¿Será porque hay más orgullo patrio? ¿Habrá más criterio político sobre lo que significa una frontera para un Estado? De ser así, Haití pasa a ser un raro fenómeno social: un territorio que no ha conseguido madurar un Estado moderno, pero que sin embargo, su liderazgo impulsa una agresiva política sobre su problemática fronteriza, impactando sensiblemente al mundo diplomático en el que ambas naciones se desenvuelven.

Dominicana, por el contrario, con un Estado más fuerte, emerge en el escenario de las naciones a merced de la voluntad de terceros, por su carencia de políticas, por la falta de iniciativa en el plano diplomático y por el mercantilismo en que se desenvuelve la dinámica de Estado en todo lo que concierne a la política fronteriza y a la inmigración.

Estado y política son hermanos siameses en cualquier país organizado. El primer factor de este binomio es el instrumento ejecutor y administrativo de la visión que se configura y se decide en el segundo factor. Ambos se retroalimentan mutuamente y se necesitan permanentemente. Ambos tienen como foco de atención los asuntos públicos, que integran un amplio abanico de derechos, deberes, intereses y bienes colectivos, que requieren ser arbitrados, regulados y administrados en procura del bienestar general de los ciudadanos de una nación.

Una bandera dominicana, rota, colgada en una antena en la frontera con Haití.

Una bandera dominicana, rota, colgada en una antena en la frontera con Haití.

La manera como se han relacionado esos dos factores puede dar un saldo positivo o negativo en relación a la atención de los asuntos públicos. Mucho Estado con poca política puede ser equivalente al autoritarismo negador de derechos y a la ineficacia burocrática que ralentiza todos los procesos. Mucha política sin acciones de Estado es sinónimo de demagogia y retórica hueca, que tampoco contribuye al fortalecimiento de las instituciones ni al bienestar colectivo.

Los gobiernos del presidente Danilo Medina, al parecer, han “soltado en banda” a la frontera dominicana, desmantelando los vestigios de cualquier interés nacional por mejorar las infraestructuras, la producción, la presencia de dominicanos y, sobre todo, los controles de Estado.

Aún donde hay presencia de las instituciones del Estado, lucen con mandos pero sin control, desmoralizadas por la precariedad de las condiciones de existencia o por el mal ejemplo de la corrupción que busca beneficios particulares a costa de debilitar el interés colectivo.

La frontera necesita una Marcha Verde, que reforeste las empinadas montañas y derrote la desatención, la indiferencia y el olvido.

Fidel Santana,

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