Domingo, 9 de diciembre, 2018 | 5:35 am

‘Escraches’



Cuando estalló la crisis económica argentina a principios de la década pasada, se hizo costumbre en aquel país que los presuntos responsables fueran acosados por sus conciudadanos cuando se presentaban en público.

En España, con el desastre de 2008, la práctica fue apersonarse a la puerta de los hogares para increparles desde la calle. En algunos casos, sobre todo en Argentina, se llegó a las manos.

Esta práctica, llamada “escrache”, ha empezado a obtener vigencia en nuestra sociedad. Cada vez son más frecuentes los vídeos cargados a la red en los que un grupo de ciudadanos se ensaña con personajes públicos, preferentemente políticos.

Algunos ven esto como un avance en el proceso de democratización dominicana, una especie de práctica niveladora que permite a cualquier ciudadano enfrentar al más encumbrado de los personajes.
Sin embargo, a mí me parece peligroso. Al margen de las buenas intenciones de muchos de los que la asumen, la práctica lleva en sí misma un potencial inaceptable de degenerar en violencia.

El “escrache” tiene como propósito algo más que importunar a su objetivo. Lo que procura es hacerle sentir incómodo e inseguro.

Una provocación que, en muchas circunstancias, puede llegar a ser grave o insoportable. Esto así porque, distinto a las protestas que se producen cuando una persona opera en el ámbito público, el “escrache” pretende alcanzarle cuando actúa como persona privada.

Es decir, cuando ya no cuenta con el mismo nivel de protección física, ni con la expectativa razonable de verse increpada.

El escrache se produce en momentos de vulnerabilidad, incluso cuando la persona va acompañada de familiares que nada tienen que ver con la razón de la protesta.

Sería lamentable, pero no debería extrañar, que en un contexto como ese algún día se produjera una agresión. La protesta es un derecho, pero hacer sentir amenazado a otro ciudadano no lo es.

Si nada de esto convence, existe una razón práctica que debe llevarnos a rechazar la imposición de la costumbre. Y es que, en la medida en que se normalizan, los “escraches” se extenderán. Y dejarán de ser usados solo contra los poderosos.

Seremos los ciudadanos de a pie, los que andamos sin protección, los que pagaremos cara esa importación.

Existen otras formas de protestar. Mucho más efectivas, además. No hay por qué propiciar una que, tarde o temprano, nos costará mucho.

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