En el principio era Caín



No es la religión, ni el nacionalismo. Los asesinos llegan a la religión y al nacionalismo odiando a su prójimo. El cristianismo, el judaísmo, el islamismo, el budismo, son religiones de paz.

Antes que el castellano ensartara el bebe taíno en su lanza, que Moisés masacrara pueblos enteros, que centenares de mujeres fueran quemadas vivas por considerarlas brujas, que Trujillo asesinara a miles de hombres, mujeres y niños por ser negros, que hutus y tutsis, iraquíes e iraníes, o los balcanes se mataran por considerarse diferentes, que un sacerdote matara a un niño que violó muchas veces, que un grupo de musulmanes condujeran aviones para destruir las Torres Gemelas o que el presidente Bush ordenara destruir un país -Irak- que no tuvo que ver con el atentado, mucho antes, ellos no tenían amor por su prójimo.

Y por esa falta de compasión y ternura retuercen sus ideas religiosas y nacionalistas, justifican su odio contra los que no consideran iguales, colocan su codicia y ansia de poder por encima de la vida de sus congéneres, y asestan el golpe, ordenan el crimen…y como Caín, únicamente atinan a decir perversamente: “¿acaso soy el guardián de mi hermano?”.

A los textos religiosos y los sentimientos gregarios llegamos con el corazón puro o la conciencia podrida, ante los que son diferentes nos acercamos con amor o con odio, frente a la riqueza y el poder accedemos codiciosos o generosos. Eduquemos en el amor, la tolerancia y la generosidad si queremos un mundo de paz.

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