Viernes, 19 de octubre, 2018 | 9:40 pm

El sencillo saludo de Molina Morillo



*Por Eduardo Álvarez

Innovador, agresivo, más bien, vanguardista, el vespertino El Nacional de Ahora expresaba el carácter de sus fundadores. El doctor Rafael Molina Morillo estuvo al frente de este experimento desafiante en una sociedad, que en 1966, apenas estrenaba una débil democracia, insegura como un bebé que da sus primeros pasos.

Meses atrás, la revista Ahora, fuente nutriente del diario, había sido víctima de un atentado que conmovió al país. Esta obra, como todas las que tuvo a su cargo, mostraba una firmeza indoblegable que conciliaba con su don de gente. Lo Cortez no quita lo valiente.

En tales circunstancias, a finales de 1968 para ser exactos, tuve el honor de conocer al doctor Morillo. Morillo. Atesoro con orgullo ese momento, grato y memorable para mí. Recuerdo, como si fuera hoy, que fui a las instalaciones de El Nacional interesado en conocer las interioridades del medio que acaparaba el interés de una población aún agitada por los efectos de la Revolución de Abril.

No estoy seguro si el doctor Luis Ramón Cordero fue la primera persona con la que hablé allí, ya dentro del edifico. Lo que sí tengo bien grabado es que fue la persona que me condujo a la oficina del doctor Molina Morillo, luego dispensarme un saludo cordial, sobrecogedor para mí, un muchacho tímido y bisoño. Bromeó, en buen ánimo, sobre mi delgada figura y el expresado atrevimiento de escribir para su diario como corresponsal de mi pueblo.

Si procuraba sacudirme el evidente nerviosismo que me paralizaba, creo que Luis Ramón Cordero lo consiguió. Ya delante del doctor Molina Morillo me sentí un poco en confianza. Me impresionó la sencillez y cortesía de una figura que entendía inalcanzable. Cuando entramos a su oficina se puso de pies y salió al encuentro de su compadre y amigo, a quien saludo con un cálido abrazo. Cordero me presentó y, seguida, le habló de mi interés en ser corresponsal de El Nacional. Ahora, los dos, paternales y cariñosos, remedaron también un chiste sobre las posibilidades de que un muchachito tan joven y flaco pudiera escribir bien.

El doctor Molina parecía muy ocupado. Sin embargo, salió con el doctor Cordero hasta la redacción del periódico, dirigido entones por don Freddy Gastón. Llamaron a un periodista, probablemente jefe de redacción o corrector, y le pidieron amablemente que me escuchara. No puedo decir que el tratamiento de este ejecutivo fuera desagradable, pero sí carente del toque humano y gentil de Molina y Cordero.

Comencé en el ’68 a publicar mis notas desde Esperanza. Cordero viajaba, entonces, por todo el país en procura, creo, de buscar distribuidores de El Nacional por todo el país. Fue a mi casa un par de veces, haciendo gala de su proverbial sencillez y amabilidad. Cada vez me recordaba, de buen humor, el singular momento en que me le auto presenté en un pasillo para mostrar mis noveles inquietudes. Igual, refería con agrado la buena acogida del doctor Molina.

El doctor Rafael Molina Morillo siembre nos distinguirnos, y a decir verdad, nunca dejó de ser el gentil caballero, educado, sencillo y cordial, que se puso de pie y salió a saludar a un atrevido y asustado muchachito de quince años, nervioso ante la presencia de dos personas tan importantes. La sencillez y la grandeza siempre van de la mano.

Eduardo Álvarez

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