Miércoles, 15 de agosto, 2018 | 7:26 am

El pueblo como víctima



Cuando se produce un alza calamitosa en los combustibles –o cualquier aumento de precio que afecta a las mayorías de manera grave- no es preciso hacer un trabajoso ejercicio mental para establecer a quién corresponderá el papel de víctima: al pueblo.

Quienes efectúan los cálculos, vislumbran una oportunidad para proporcionar a sus mandantes la parte del león. El ciudadano resulta, en definitiva, el mayor perjudicado.

Esta conducta es hija del criterio de que vivimos en un país adormecido, domesticado e indefenso. Las reacciones disidentes son irrelevantes, se dicen. El pueblo conservará la calma y se mantendrá la paz del rebaño.

Son demasiado amplios los límites de nuestra tolerancia. Aquellos que dirigen y disponen (y, por supuesto, los beneficiarios de este malogrado estado de cosas) se sirven complacidos del banquete.

En el caso remoto de que se produzca una reacción, lo que parece muy improbable, lanzarán a la calle sus entrenadas tropas antimotines a imponer la paz (su paz) y su silencio (que bien puede ser el de los cementerios).
Quienes estamos enterados del discurrir de los eventos desde 1961 hasta la fecha, ¿acaso estamos vislumbrando los tiempos finales de lo que una vez se llamó “resistencia” o “lucha popular”?

Tanto el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) como el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) fueron, en sus respectivos momentos, depositarios de la esperanza de la gente.

El ejercicio del PRD en 1978, 1982 y en 2000 fue catastrófico. Se reincidió en todos los males que se criticaban. Los sueños de reivindicación de la gente se fueron a pique.

El partido del profesor Juan Bosch, vino a ser, entonces, el depositario de esos anhelos. El que tenga ojos para ver y oídos para escuchar, que se formule su propio juicio.

Las luchas de “la izquierda” se diluyeron en la nada. El pueblo dominicano, levantándose de las cenizas, protagonizó eventos memorables para concretar sus ideales de progreso y justicia.

Desmanteló en las calles parte de la maquinaria trujillista, escogió la mejor de las opciones políticas en 1962 y se rebeló, armas en manos, en 1963 y 1965.

Mantuvo la resistencia a las peores manifestaciones de los gobiernos de Balaguer y se lanzó en protesta a las calles en 1984. En esas gestas hubo de aportar mucha sangre.

La aplicación masiva de los programas antiinsurgencia (represión, cárcel, asesinatos, sobornos, clientelismo, corrupción arriba y abajo, degradación a través del tráfico y el consumo de drogas, manipulación mediática), se ha revertido, con los años, en una actitud más que pasiva de la gente ante los abusos, como esta desmedida alza en los precios de los combustibles.

No debemos olvidar, pese a todo, que los pueblos son capaces de reaccionar y doblar el brazo a sus opresores. Ocurrió en el año 1963, en 1965, en 1978 y en 1984.

La ira de la ciudadanía puede ser como la lava de un volcán: inesperada e incontrolable. Nunca lo olvidemos.

Roberto Marcallé Abreu

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