Sábado, 13 de octubre, 2018 | 2:27 am

El laberinto de la inseguridad



Todo aquel que se preocupa, aun sea mínimamente, por el orden social, en ocasiones se haría ciertas preguntas. ¿Hay seguridad ciudadana?

¿Es una sociedad, la que asesina a un servidor público que rechaza un soborno, y sin embargo, se encumbra como héroe a quien ha aceptado punibles prebendas?

¿Adónde han ido a parar los referentes paradigmáticos de la gratificación por el bien en sí mismo o el castigo severo frente a los hechos delictivos que deberían regir las normas sociales y el consenso en una nación que exhibe los mayores índices de crecimiento macroeconómico de la región latinoamericana, pero, al mismo tiempo, elevados índices de atraso, inequidad, feminicidios, latrocinio e impunidad?

El mundo experimenta un lamentable resurgimiento de ideas que ocupaban un espacio seguro en el basurero de la historia.

El rebrote de ideologías secesionistas, totalitaristas, autocráticas y discriminatorias, montadas sobre un ilusorio criterio de singularidad identitaria, particularismo étnico o de supremacía cultural, son tendencias fosilizadas que algunos líderes oportunistas e irresponsables ofrecen como presunta solución política, económica y social a una población que ha sido defraudada por las ambiciones desmedidas del economicismo consumistay por las promesas incumplidas de una modernidad ambigua, una posmodernidad fragmentada, desarticulada, desregulada y un sistema democrático agrietado en sus cimientos y en su dinámica cotidiana.

Vivimos sometidos a un movimiento pendular entre la necesidad de seguridad y la pérdida de libertad, muchas veces sacudido por la violencia.

Cada paso que damos para sentirnos más seguros, se traduce en una reducción gradual de nuestra propia libertad.

Nos sentimos amenazados en nuestra intimidad, que hacemos pública por efecto de la alienación digital y la infoxicación, y se nos desplaza de nuestras zonas de seguridad, hasta irnos recluyendo en un espacio de libertad cada vez más constreñido, como en la trama del cuento “Casa tomada” de Julio Cortázar, en cuya atmósfera, alguna fuerza extraña va empujando a quienes habitan la casa a un espacio cada vez más restringido, hasta expulsarlos completamente.

Zygmunt Bauman (2017), en una de sus últimas reflexiones dialógicas, subraya que esa trampa, ese callejón sin salida, ese laberinto de la inseguridad en la sociedad actual resulta de una traición de la democracia, sus políticos y sus promesas.

“La terrible desventura de la que esperábamos ser liberados por los gobiernos -dice- y que hoy sufrimos precisamente por iniciativa suya, con su activa participación o con su resignada indiferencia, es en sustancia el sentido de la inseguridad de nuestra vida”.

Por esta y otras razones eventualmente asistimos a torneos electorales, amargamente convencidos de que elegiremos el mal menor.

El actual laberinto de la inseguridad nos hace preguntarnos si estamos ante el desmoronamiento de la comunicación entre la élite política y el resto de la población.

Y no sin frustración, y en palabras de Ezio Mauro, debemos concluir que, a pesar de muy contadas excepciones, para estos tiempos que vivimos, la política acaba convirtiéndose en la muestra evidente de un mundo que no funciona, en su totem destruido, fracasado e invertido.

Estamos, pues, ante una irrefutable crisis de la representación como mecanismo y como sistema de orden social, cuyas consecuencias nos colocarían frente a un mar de incertidumbres y peligros.

Al desamparo del futuro y el debilitamiento de los Estados nacionales, a consecuencia de la inevitable disrupción de la globalización, se suma la desconfianza de los ciudadanos en las instituciones y en quienes las detentan.

Paradójicamente, esa incomunicación entre los líderes y la población tiene lugar en la época de mayor apogeo de la información y los medios digitales.La vida en red tampoco nos libera del laberinto de la inseguridad.

José Mármol

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