Miércoles, 14 de noviembre, 2018 | 7:59 am

El caso de Émely Peguero



La violencia de género puede adoptar forma de homicidios diferentes a los llamados delitos sexuales, entre otros. El asesinato de mujeres es un crimen de sangre, y el de Émely fue cometido con tortura y barbarie; esta forma de feminicidio será como una anagrama de la desigualdad que vive nuestra sociedad, y que se exacerba entre hombres y mujeres (mientras aumenta la edad en el hombre, disminuye la de la mujer).

Según la razón patriarcal, la delincuencia pasional es la muerte de la mujer. Pero, en realidad, eso comprende la violencia doméstica, que agrupa todos los embates de la agresión masculina, que se repite con matices muy renovados de opresión e intimidación, como procesos de victimización, y que puede ir desde la humillación, malos tratos como pareja, hasta la tragedia del crimen perpetrado.

El caso Émely Peguero, muy popular en los medios por la brutalidad con la víctima y por la crueldad del agresor, cuya personalidad no se distingue del montón de la gente, pudo ser más sencillo en la carrera de un criminólogo, si se le hubieran dado encomienda de que este estudie e investigue este caso.

El nombrado Marlon Martínez ha cometido crimen de uxoricidio, ha sacrificado la vida de su propio hijo y ha sido el mayor responsable por la muerte de la joven Émely Peguero, que aun muerta se le ve encantadora, y que pudo ser, sin dudas, una vida muy útil para su familia y para su país. El lugar del condenado es ahora el encierro duro y capital.

Este joven confesó indirectamente haberla asesinado, mientras le producía el aborto “honoris causa”; tanta fue su confusión, que ahora en la cárcel tendrá tiempo de reflexionar acerca de la vida feliz que pudo tener con su vástago, a quien él mismo mató en un aborto, y que fue la causa principal de la muerte de la niña Émely.

Fruto de la etnografía aplicada a este y otros casos, una de las líneas de acción sería determinar las causas del ideal de bienestar económico del agresor, pues los criminólogos saben que la riqueza material produce una depresión mental tanto más bien que puede exaltar el comportamiento; pero también, ahí está la cultura, que suele mostrar que puede atravesar “cerebros primitivos”, que en principio da cuenta de que hay personas que no tienen capacidad para la suerte de vida económica en ascenso.

Y que la mala política también degenera los espíritus de quienes llegan a tener demasiado, sin haber trabajado nada para merecerlo.

La muerte de Émely es un caso de honor desarraigado y lleno de prejuicios; pensar que este hecho estuvo a punto de ser un ejemplo de crimen organizado; es decir, de los que se creen ser los poderosos de este mundo y tratan de beneficiarse de la impunidad de sus hechos.

Respecto de la condena, el clima moral y político que rodeó al juicio no debe culpar al Ministerio Público, más bien fue una situación de pruebas, y esto lo decimos en relación a la condenada Marlin Martínez, culpable de sustracción de menores y ocultamiento del cadáver. Ahora ellos son carne de reos.

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