El Caonabo de Oro y mi tío Emilio

José Mármol
José Mármol





Se tratabade la cita anual de unos premios, los Caonabo de Oro, instituidos en 1978 por la Asociación Dominicana de Periodistas y Escritores (ADPE), que reconocen la singular trayectoria de periodistas y escritores nacionales, así como los aportes a la cultura de destacadas personalidades internacionales o radicadas en nuestro país.

Tuve el privilegio de ser seleccionado este año en el renglón de escritor, galardón que me honro en compartir con un académico, ensayista, investigador y crítico de cine como lo es el sacerdote jesuita, de origen español, José Luis Sáez, premiado como internacional, y con un periodista de una brillante, valiente y firme trayectoria, dueño de un capital reputacional muy escaso hoy en su medio, como lo es Fausto Rosario Adames, premiado en el renglón de periodista.

Como en cada caso, mi semblanza fue presentada por un destacado miembro del jurado seleccionador, presidido por el consagrado escritor Federico Henríquez Gratereaux.

Agradezco a José Rafael Lantigua, amigo, connotado y prolífico escritor y crítico, infatigable gestor cultural y, con sobrados méritos, exministro de Cultura, sus generosas palabras con respecto a mi vida y mi modesta trayectoria de sujeto tocado por las causas y los efectos que, como sabía Borges, el laberinto del lenguaje puede generar en quien se demora en la pasión, aun en tiempos y en un mundo miserables, de leer y escribir.

Nunca se está solo en estas lides. He contado con el apoyo y estímulo incondicionales de mi familia. Agradezco a los lectores, porque mantienen encendida en mí la llama doble de la imaginación y el pensamiento.

A mis colegas, escritores amigos con los que tengo la dicha de compartir proezas y quijotescas aventuras literarias y estéticas.

Gratitud, también, a mis contendientes en las trincheras de ideas, como las quería José Martí, y no de piedras, porque me ayudan a tejer el chinchorro con que pesco nuevas criaturas de la razón, la sensibilidad y la hermosura de la lengua.

Escribir, acto radical de comunión, encierra para mí una singular tarea: la de estrechar y afianzar vínculos humanos, derribar fronteras geográficas o muros de odio, y, por medio de las identidades o máscaras del autor y el lector, contribuir tímidamente a la construcción de un mundo mejor.

En ese tenor, el uso de la palabra, en lo imaginario y en el raciocinio, solo alcanza un irrefutable sentido, un significado mayor, cuando su presencia puede enriquecer la hondura y la belleza del silencio.

Cada palabra que escribo está condenada a cumplir la difícil misión de convertirse en eco del silencio y la serenidad.

Mejor lo insondable de la nada a sumarme al ruido de lo que simplemente es, como acontecer de un espectáculo banal y efímero.

Como sugería Nietzsche, es la falta de sosiego lo que está empujando la civilización a una nueva barbarie. Debemos recuperar el detenimiento contemplativo, que nos fue arrebatado por el paso fracasado del homo ludens al homo laborans.

Recibí, con gratitud y humildad, este importante reconocimiento en un día triste para mi familia, porque horas antes habíamos devuelto a la madre tierra, de la que provenimos y de la que tiempos atolondrados y de tumbos nos van distanciando más, el cuerpo de un tío muy querido, Emilio Mármol Almánzar, quien falleciera a causa de una implacable enfermedad.

A su memoria y su legado, a sus dotes contenidas de humanista solidario, artista y pensador, quise dedicar este premio.

Mi agradecimiento reiterado, por esta inmerecida distinción, a la ADPE, así como a los prestigiosos intelectuales, periodistas y escritores del jurado seleccionador de los Caonabo de Oro 2017.

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