Lunes, 18 de junio, 2018 | 3:05 pm

e-Pocalipsis o Apocalipsis digital



Me despierto a las cuatro de la madrugada. Tomo mi Smartphone y descubro, desconcertado, que se han caído de bruces Internet, Whatsapp, Twitter, Instagram, Linked In y todas las demás redes sociales.

No puedo acceder a Netflix ni a Amazon TV. No puedo saber cómo ha ido el mundo en las últimas horas.

No puedo consultar mis informaciones ciudadanas biométricas y las bolsas financieras son antros de incertidumbre. No puedo comprar cosas en las cibertiendas.

Ha desaparecido mi inversión en criptomonedas. Mi automóvil no enciende. No puedo contar con Uber para transportarme.

La información vía GPS ha llegado a un grado cero de geolocalización. El metro no opera. Los trenes no serpentean.

Los aviones son bandadas de pájaros de acero en reposo. No puedo saber ni la hora ni las condiciones climatológicas.

Los barcos naufragan atolondrados. El mundo es representado como una fotografía. No una imagen en movimiento. Un verdadero estupor. Ahora no sé siquiera quién soy, pues, mi segundo yo, mis identidades digitales no pueden proclamar el “Chateo, luego existo”, “Clico, luego soy”, “Toco la pantalla líquida, luego soy percibido”.

Este es nuestro mundo de hoy, que sería irreconocible para alguien que haya vivido el de hace cien años. ¿Estamos ante la inminencia del Apocalipsis digital? ¿Podemos eludir la probabilidad del estrépito del e-Pocalipsis?

Más aun, como mi es sesenta por ciento remoto o virtual, no puedo hacerlo. Los decorados de las paredes de mi apartamento eran pantallas led y se oscurecieron. Mi dron no se mueve, no podré trasladarme con él. Mi casa inteligente, instalada en un suburbio-burbuja, que está veinte metros bajo el agua, no me da acceso digital a la superficie.

Mis vacaciones en la Luna o Marte tendrán que ser pospuestas y no podré compartir con mis primos que habitan allí.

No tengo alimentos, pues, mi impresora 3D se ha fastidiado y yo pensé desayunar descargando una receta de un chef con tres estrellas Michelin.

Mis vecinos del subsuelo, que habitan en edificios de veinte pisos bajo la tierra, podrían asfixiarse si no encienden los ventiladores de subsistencia y las alarmas de fotoceldas no operan. Mi biblioteca de ebooks ha desaparecido de un zas.

La cirugía remota de mi tobillo izquierdo no tendrá lugar por insuficiencia de energía solar. Mi hogar inteligente es ahora un bodrio.

Ni Siri ni Alexa escuchan mis llamados de auxilio. Mis mascotas robots parecen haber muerto de tristeza. Así viviremos dentro de cien años. Y de nuevo estaremos ante la amenaza de un desastre e-Pocalíptico sin precedentes; nunca mejor dicho.

Aviv Ovadya, principal tecnólogo del Centro para la Responsabilidad de las Redes Sociales de la Universidad de Michigan advirtió en 2016 acerca del peligro, que se hizo realidad en las elecciones de noviembre de ese año en EE.UU, de una crisis inminente de noticias falsas, por cuanto “un mundo optimizado algorítmicamente es vulnerable a la propaganda y a la información”, especialmente, cuando plataformas digitales como Facebook, Google y Twitter sobreponen la cuantificación de los clics, el volumen de publicidad y las ganancias en dinero a la cuestión fundamental de la calidad de la información.

Esta lamentable tendencia de los gigantes tecnológicos amenaza con “socavar” la credibilidad de los hechos como “piedra angular” del discurso humano.

Naufragamos en un enorme océano de datos que nos controla psicométricamente, a través de algoritmos, y nos priva de libertad. La privacidad se oferta en los mercados digitales.

Cambridge Analytica manipuló datos de más de 50 millones de usuarios de Facebook y la historia política reciente de EEUU sorprendió. La vida, mientras, antes que de un soplo divino, depende inciertamente de un clic.

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