“Día por día”



“Te quiero mucho, ¡aunque no me creas!” me dijo recientemente un buen amigo. “Soy muy crédulo”, respondí y ambos reímos.

Que alguien crea ligera o fácilmente cuanto le digan revela más sus deseos de atribuir bondad a la otra persona que del carácter de quien expresa querer tal vez insinceramente o sin sano ánimo.

Posiblemente es mejor ser crédulo que creído, pues debe tener más paz el confiado que la persona vanidosa o muy pagada de sí misma.

Por eso me resultó tan revelador que en una discusión sobre las buenas intenciones propias alguien intentó tomar razón para sí descalificándome al juzgarme “un iluso”.

Porque decirme que soy propenso a ilusionarme fácilmente sin considerar la realidad, que es la primera acepción de “iluso”, si me es dicho con propiedad, podría ser un piropo que me deja hecho el guiñapo de su segunda definición: “engañado, seducido” por falsedades.

¿Quién no ha sentido acíbar creyendo que tomaba ambrosía? En cuyo caso, trátese de política, negocios o amor, la desilusión es el mejor remedio…

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