Domingo, 19 de agosto, 2018 | 3:52 pm

¿De que holocausto hablamos?



Los jefes del Estado sionista de Israel hablan sin callarse de las matanzas nazis contra judíos en la Segunda Guerra Mundial y creen que por haber sido víctimas entonces, tienen derecho a convertirse en verdugos de otros pueblos. Como si hubiesen sido los judíos las únicas víctimas de aquellos horrores.

Como si los gitanos, los comunistas, los pueblos todos, afectados por las agresiones de Alemania, no hubiesen pagado un precio a veces mucho más alto que los propios judíos. Seis millones de judíos asesinados, según las cuentas de Israel, es demasiado crimen y demasiado injusticia como para dejarse al olvido, pero aquella gran tragedia costó a la humanidad más de 52 millones de muertos y tan solo la Unión Soviética aportó la cifra escalofriante de 26 millones de esos muertos.

Los sionistas hablan de su holocausto, pero dígame si hay algo más parecido a un genocidio y un holocausto que la matanza de civiles que acaba de cometer Israel contra los palestinos en Jerusalén. Si hay algo más parecido a la política expansionista, racista y xenófoba de los nazis que la formación hace setenta años de un Estado fundado en territorio arrebatado a sus legítimos residentes.

Estado que de una vez entró en guerra con sus vecinos, ha seguido en guerra y en diversos momentos se ha anexado, a la violencia, los territorios de Gaza, el Sinaí egipcio, la Cisjordania y los territorios sirios de las Alturas del Golán. Así convirtió en paria al pueblo palestino, obligado a vivir en campamentos levantados en tierra extraña o quedar encerrado como en Gaza, en lo que el hermano Ubi Rivas, autor de un valioso libro sobre este conflicto, ha llamado la mayor cárcel a cielo abierto del planeta.

Y si hubo una matanza nazi contra judíos en el Getho de Varsovia, qué decir de la masacre de millares de civiles indefensos cometida por Israel en los campamentos de Sabra y Chatila, cuando invadió el Líbano en 1982. Los holocaustos, sería la denominación más apropiada.

Con la circunstancia inadmisible de que el autor de los genocidios de hoy quiere aparecer como la víctima de siempre y actúa con la arrogancia de aquel que sabe que el respaldo grosero de Donald Trump y el silencio cómplice de otros irresponsables, lo libra, por ahora, de un Nuremberg donde se aplique el castigo condigno a sus atrocidades.

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