Miércoles, 19 de septiembre, 2018 | 1:34 pm

Daremos prueba de ello



Puede que parezca una superficialidad. Debo confesar, no obstante, que me causó una honda impresión el video de apenas dos minutos de una de nuestras cantantes típicas, la “India canela”, refiriéndose a la conmemoración de la fecha de La Restauración.

Su voz melodiosa, el ritmo de su acordeón, nuestra bandera tricolor como el azul del cielo. Las palabras sobre la gesta histórica y el énfasis final: ¡Viva la República Dominicana libre e independiente!

Cerré los ojos. Pensé, entonces, que en ese mismo instante se producía en la frontera un conflicto entre soldados dominicanos y una desaforada turba de haitianos.

La obligada pregunta es: ¿alguna vez esta gente nos dejará en paz? ¿Alguna vez podremos manifestar a viva voz que nos hemos liberado para siempre de esta nefasta presencia?

Otras dos imágenes llegaron a mi mente. La de Cielo, esa hermosa jovencita que a los catorce años recibió numerosos machetazos y la pérdida de sus brazos y sus manos gracias a la agresión de un salvaje haitiano que la pretendía. Similar historia a la de cientos de dominicanos que han sido asesinados o mutilados por esos extranjeros indeseables.

La segunda, los conflictos que se produjeron en Nueva York, con motivo del desfile dominicano y la presión de funcionarios haitianos por participar en el evento portando un enorme afiche de una mujer de esa nacionalidad que se caracterizó por su inocultable odio contra nosotros.

¿Vienen al caso las denuncias comprobadas de que la presencia haitiana ha reducido sustancialmente la disponibilidad de espacio para los niños y los enfermos dominicanos en las escuelas y los hospitales? Con una grave diferencia: que somos nosotros quienes aportamos los recursos y los propietarios absolutos de esta tierra.

A Haití debemos una aciaga ocupación de 22 años, una de las etapas más oscuras y degradantes de nuestra historia. Le debemos decenas de intentonas por invadirnos. Esa presencia ha distorsionado nuestro mercado de trabajo. Le debemos la degradación absoluta de nuestras costumbres y la masiva destrucción de nuestros bosques. La introducción de decenas de enfermedades terribles.

Y, en su medida, el crecimiento del crimen, la inseguridad, el contrabando de armas y drogas, la presencia de criminales internacionales y la de cientos de “fugados” de las cárceles haitianas. Le debemos la falsificación masiva de identidades y el intento de destruir o dañar nuestros registros.

La Restauración simboliza la proeza del pueblo dominicano por independizarse del dominio español. La India Canela, bellamente, nos recuerda el imborrable anhelo de los fundadores de nuestra nacionalidad “de una Patria libre e independiente”, pese a los intentos insolentes de ciertos centros de poder en complicidad con Haití y de dominicanos que han renegado de su origen.

¿Podremos decir, alguna vez, que, por fin, nos liberamos del “problema haitiano” y de sus diversos “componentes”? Yo lo creo. Con todas sus terribles deficiencias –tal y como se demostró un 27 de febrero, un 16 de agosto y un 24 de abril−, los dominicanos son un pueblo indómito. Aguardemos ese momento en que, otra vez, ofrecerá pruebas −contundentes y definitivas− de su coraje.

Daremos prueba de ello.

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