Miércoles, 26 de septiembre, 2018 | 1:10 am

Cuando la lectura es un deleite



Lo que hace exquisito, inimitable, único a un ensayista es su capacidad de articular, con destreza y acierto, la profundidad analítica, agudeza de pensamiento, gracia y personalidad estilísticas y una libertad en el planteamiento de las ideas, por si fuera poco, muy suyas, que haga de la erudición un goce sorpresivo a la expectativa del lector, antes que un hueso arrogante o diletante durísimo de roer y al gusto del academicismo más rancio.

Es un arte difícil el de conjugar la expansión sensible de un pensamiento agudo, inquisitivo con una factura expresiva limpia, sin presunciones, aunque lleno de sabiduría; sin jactancia autoritaria, tan al uso de ciertas corrientes críticas o teóricas en boga, pero con una altura reflexiva singular; sin desmedro del conocimiento científico, aunque a lomos de la hermosa manifestación de la poesía, la música, la arquitectura, las artes visuales, la mecánica y la taumaturgia del cuerpo a través de la palabra.

Este es, en parte, el conjunto de experiencias del espíritu que es capaz de engendrar un libro de pequeña factura, pero de grandeza humanística, cognitiva y estética, que de la autoría de Jochy Herrera (Santiago, 1958) y bajo el título de “De fugas y visiones.

Textos atemporales”, presentara, en la Feria del Libro de Madrid 2018, en junio último, la colección Cielonaranja, que fundó y dirige Miguel De Mena, en una bella edición limitada de 100 ejemplares, del cual poseo, dichosamente, el número 22.

Luego de residir en Chicago por tres décadas y de ejercer exitosamente allí como cardiólogo y como docente universitario, además de ensayista, editor y animador cultural, Herrera ha regresado para seguir ejerciendo la medicina y aportar, sigilosa, pero, persistentemente, a la diversidad de la atmósfera cultural y literaria dominicana, por medio de enjundiosos, oblicuos y deleitantes artículos publicados en el diario digital Acento, como también en las páginas del suplemento cultural Areíto, del periódico Hoy.

Además, ha venido reuniendo trabajos ensayísticos publicados en volúmenes como “Extrasístoles (y otros accidentes)”, en 2009; “Seducir los sentidos” (2010); “Cuerpo /Accidente y Geografía/” (2012) y “La flama magna” (2014).

Roland Barthes (1973) sugiere, con razón, que un texto que se lee con placer o con goce tiene que haber sido escrito placentera o gozosamente, lo que no tiene por qué contradecir las quejas existenciales ni las dolorosas cavilaciones, porque el pensamiento duele, del escritor.

Ese placer-goce-deleite del intelecto experimentado por el lector es generado por la escritura de ruptura. Esa es, en efecto, la escritura ensayística de Herrera, porque mira singular y nietzscheanamente el referente analizado y reconstruye el modo de escribir en torno a él.

Porque evoca el erotismo estético más puro de la palabra misma, apartando lo vil y prosaico de la hiperexposición pornográfica de la posmodernidad y el consumismo. Su prosa no evidencia, insinúa magistralmente.

El placer de leer este nuevo libro estriba en descubrirse uno, como lector, en el intersticio del argumento científico, por ejemplo, en torno al cuerpo, y el argumento creativo que lo reconstruye como obra de arte; entre el hecho físico de viajar y la fuga espiritual que el viaje envuelve; en la hendidura gozosa que media, en un instante borgeano, entre un verso de Enriquillo Sánchez, un trazo pictórico de El Bosco, Durero, Cézanne o Münch, unos tacos mejicanos en Arizona, la arquitectura en Vitruvio, la sabiduría médica de González Crussí, la especulación del cuerpo en Comte-Sponville y una melodiosa canción de Aute; en la brecha que une la melancolía y la belleza, la fotografía de Singh y el surrealismo dominicano. Herrera tiene el acierto, poco común, de escribir textos que los lectores desean.

Publicidad