Martes, 11 de diciembre, 2018 | 10:21 am

Crimen ¿pasional? ¿compañero sentimental?



La palabra tiene poder: tiene la fuerza de traer a nuestra mente aquello que denota, aquello que convoca. Cuando se lee “crimen pasional”, la gente tiene a pensar “la mató porque la quería”.  Y nada más lejos de la verdad. Quien ama no mata.

A fuerza de notas de prensa que envía la Policía Nacional y que se publican en los medios tal cual, el sofisma “crimen pasional” se vuelve un titular que, a fin de cuentas,  no es más que la justificación de un asesinato.

Esta construcción no debe utilizarse al momento de escribir sobre un feminicidio. De acuerdo con el autor español José María Calleja, en la expresión, ‘crimen pasional’, no aparece la víctima y se exculpa al asesino “se presenta el crimen como un arrebato emocional, casi como un acto de amor extremo y no como consecuencia de violencia de género”.

En su libro “Informar sobre la violencia contra las mujeres” encontramos un dato histórico interesante: “crimen pasional eran las palabras que se empleaban de manera sistemática  durante la dictadura franquista para informar en los periódicos, siempre en las páginas de sucesos del asesinato de una mujer a manos de un hombre.  Nunca se escribía que un hombre había asesinado a una mujer”.

Esto me mueve a pensar que la prensa dominicana en la era del dictador Rafael L. Trujillo copió de la prensa franquista.

Otra expresión que no describe la realidad es la “compañero sentimental” y que  refiere al hombre “que asesina a una mujer con la cual no estaba casado, que era su pareja, que era la persona con la que vivía o tenía una relación pero sin el vínculo del matrimonio”.

Para José María Calleja, esta expresión es desafortunada porque “no puede ser compañero alguien que mata a la mujer con quien convive y menos aún compañero sentimental.  Hasta llegar al asesinato, el hecho es que el asesino con la asesinada, el victimario con la víctima, no han compartido los mismos sentimos ni los mismos afectos”.   Quien ama no mata.

Las palabras tienen poder. Y quienes vivimos de ella, quienes educamos a través de ella, debemos tener plena conciencia de ese poder y de cómo lo usamos: para construir o destruir.

“Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico, uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce un efecto tóxico”, Víctor Klemperer.

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