Lunes, 17 de septiembre, 2018 | 6:25 pm

Condena o misericordia



En el capítulo 7 del Evangelio de Juan nos encontramos un relato muy interesante. “Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”.

Quienes llevan la mujer apresada son los escribas y fariseos, no los discípulos de Jesús. ¿Debería un discípulo de Jesús llevar a condenar a una mujer porque la legislación así lo indica? Porque era una ley. Está en el capítulo 22 del Deuteronomio. “Si una joven virgen está prometida a un hombre y otro hombre la encuentra en la ciudad y se acuesta con ella, los sacaréis a los dos a la puerta de esa ciudad y los apedrearéis hasta que mueran. Los apedrearéis hasta que mueran. A la joven por no haber pedido socorro en la ciudad, y al hombre por haber violado a la mujer de su prójimo” La pena estaba clara, apedrearlos hasta que mueran. ¡Cuan efectivos eran en el Antiguo Testamento a la hora de imponer castigos! Curioso que la culpa de la mujer es no haber pedido ayuda. Y según el relato de Juan fue sorprendida en el hecho, por supuesto no aparece el hombre, el odio fundamental era contra las mujeres, a los hombres se les concedían más libertades.

A Jesús lo confrontan con la ley. Moisés, el gran legislador, fue quien mandó hacer eso. ¿Se le ocurre a Jesús algo diferente? ¿Tiene alguna opinión personal diferente a la ley de la religión oficial?  ¿Propuso Jesús en su tiempo alguna legislación oficial? La respuesta inicial de Jesús es el silencio. Cuan elocuente silencio. Una mujer a punto de ser asesinada por una turba de hombres que gustosamente iban a cumplir con la ley. Nada malo, cumplir con la ley. Y una ley que entendían sancionada por Dios mismo. ¿Cuál ley es propuesta por Dios? Según Jesús una sola: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”.

La insistencia era de escribas y fariseos, ojo, no de los discípulos de Jesús. ¿Podría un discípulo de Jesús solicitar cumplir una ley diferente a la formulada por Jesús? Entonces Jesús se levanta. Un acto simbólicamente importante, se pone de pie, porque lo que va a decir es importante. “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. ¡Manda al carajo la ley y cuestiona el corazón pecador de todos los que están ahí, de todos los que estamos aquí! Si fuéramos hoy a proponer alguna ley, ¿nos valdríamos de legisladores que han robado decenas de miles de millones del erario público? No es el robo de los fondos públicos una forma de matar la vida de miles y miles de dominicanos y dominicanas pobres, negándoles salud y educación. ¿Es posible una alianza entre los discípulos de Jesús y los escribas y fariseos para legislar algo diferente a amar al prójimo como a sí mismo?

La mujer queda sola con Jesús. Hoy que tantos odian a las mujeres, las explotan, les niegan su dignidad, las prefieren metidas en las casas, calladas, sumisas… Si había algún discípulo de Jesús también se marchó al reconocerse pecador. Vuelve a pararse Jesús, porque lo que dirá es importante. “… y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”. ¿Tenemos derecho a condenar los cristianos? No me contesten a mi, sino a Jesús.

DAVID-ALVAREZ-Martín

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