Martes, 11 de diciembre, 2018 | 6:55 pm

Con el hermano Chu Vásquez



Tengo para mí que con Jesús Vásquez Martínez –Chu- se está cometiendo una soberana injusticia, al incluirsele entre los acusados en el expediente de Odebrecht.

Por eso salgo en defensa de quien, hasta prueba en contrario, nunca lo he considerado envuelto en actos de corrupción. Un político de siempre, pero que ha dado más que lo que ha conseguido en el ejercicio de la política, aunque ha desempeñado funciones tan importantes como la presidencia del Senado.

Reconocido como hombre de trabajo. Me consta. Nisiquiera le he hablado de las acusaciones que se le hacen, después de él haber mantenido posiciones de franca oposición al gobierno. Lamento verlo sentado en el banquillo aquel, mientras otros que sí debieran estar presos, andan libremente por las calles exhibiendo su cuestionada opulencia.

Mi amistad con Chu viene de lejos. Mi papá y el suyo eran buenos amigos. Yo heredé esa amistad y Chichí Vásquez y yo nos decíamos hermanos.

Ese calificativo afectuoso lo heredó Chu, y si ahora este enfrenta un momento por el cual tal vez nunca pensó que pasaría en el camino caprichoso de la política, no puedo quedarme callado. No son pocos los que debieran sacar la cara por él. Compueblanos, parientes, amigos, compañeros de militancia del pasado y del presente.

Y no soy yo quien va a jalársela, a dejarlo abandonado a las fauces de los leones, a negarlo en el mal momento, como San Pedro a Cristo, confiado yo en que las aguas se aclararán y no quedaré defraudado.

Mucho menos cuando lo veo sometido a presiones tan grandes, y a un juicio cocinado al vapor, al extremo de que ya se le está juzgando y sus acusadores no han tenido tiempo de entregarle las alegadas pruebas de los cargos que se le hacen. ¿Cómo va a defenderse, entonces?

No soy quién para aconsejar a nadie, pero como veterano de viejas persecuciones, juicios injustos y prisiones arbitrarias, le aconsejo al hermano que pelee su causa como un hombre, que en política todos los vendavales pasan; y al fin y al cabo, nosotros mismos no somos más que pasajeros circunstanciales de una vida que también habrá de irse, para que vengan otros y nos reemplacen. Porque así es el asunto, hermano.

Todo pasa, nosotros también pasamos. Y como decía Bonifacio Burgos, viejo filósofo campesino de Gaspar Hernández: Este mundo otro lo hereda.

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