Sábado, 20 de octubre, 2018 | 4:08 am

Ante la muerte de Bueno Torres



Echo a un lado temas de candente actualidad para darle prioridad al aspecto humano. La injustificable decisión de votar contra Venezuela, asumida por el gobierno en la reunión reciente de la OEA. La ley de partidos, empantanada en el Congreso Nacional a causa de la lucha grupal entre peledeístas; la necesidad de ir forjando desde ahora la alianza política, social y cívica, esa alianza sin precedentes, necesaria como motor y base de un cambio político democrático en nuestro país; en fin, aparto todo eso y cedo a la necesidad humana de expresar, como si fuera un desahogo, la aflicción que me embarga en estos días y que aumenta con la muerte de Buenaventura Bueno Torres.

Estos son unos días tristes en los cuales ronda, como un rumor constante, el fantasma de la melancolía y el desconsuelo. Murió Joseíto Mateo, también Nelson Moreno Ceballos, Primitivo Santos. Son hechos que impactan y mucho más si los sentimientos tienen algún otro motivo triste para mantenerse a flor de piel.

Bueno Torres era un profesional de excepcional calidad y aunque venía en el ejercicio desde mucho tiempo antes, fue en su rol de locutor noticioso en Radio Mil cuando alcanzó mayor celebridad. Tenía una voz fuerte y bien timbrada y sabía imprimirle realismo al relato del hecho noticioso con una adecuada dosis de dramatización de la lectura.

En los tiempos de las luchas contra la represión de la dictadura de los doce años, la voz de Bueno Torres, como la de muchos otros grandes locutores de la época, surcó los aires para contar tragedias y también para hacernos llegar las buenas nuevas.

Se hizo familiar para los revolucionarios. Más allá del papel profesional, fue un colaborador sincero de las víctimas de aquella represión. Vine a conocerlo en 1976, tras salir yo de La Victoria, donde esa misma represión me hizo pasar dos años encarcelado.

Nos hicimos buenos amigos, y aunque los atareos de la vida hicieron nuestros encuentros cada vez más espaciados, mantuvimos siempre nuestra amistad.

Lo despido con pena, pero sé que esa es la realidad y hay que vivirla convencido de que todo termina. Y por muy dolorosos que sean los golpes, del género que sean, en esta vida todo pasa, una generación sucede a otra y como decía aquel viejo filósofo campesino de Gaspar Hernández: Este mundo otro lo hereda.

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