Domingo, 9 de diciembre, 2018 | 9:25 pm

“Algo muy grave pasará en este pueblo”



Cualquier periodista que respeta el oficio de escribir ha devorado la narrativa de Gabriel García Márquez, alguien que presentó como ficción muchas realidades.

Recuerdo, por ejemplo, aquel cuento en que un alcalde va al dentista con un terrible dolor de muela y luego de ser atendido se le pregunta que si la cuenta se le carga a él o al municipio. El alcalde responde de manera lacónica con un: “Es la misma vaina”.

El concepto de “realismo mágico” que se le atribuye a la obra de García Márquez lo escuché en una clase de Literatura Hispanoamericana que en la Universidad Católica Santo Domingo impartía Ruth Nolasco, una regia profesora que se alfabetizó entre la Divina Comedia y Platón en el hogar de sus padres Sócrate y Flérica Nolasco.

Nos inducía ella, y en algunos casos nos obligaba, a no quedarnos en el deleite de leer lo bien escrito, sino a entender el trasfondo, a interpretar al autor.

En los pupitre de ese pequeño grupo de estudiantes de periodismo nos presentó el cuento “Algo muy grave pasará en este pueblo”.

Cada cierto tiempo evoco el mensaje de esa pequeña pieza literaria de García Márquez. Consiste en que una señora, al levantarse le comenta a su hijo que tenía el presagio de que algo grave pasaría en el pueblo.

El hijo, preocupado, va al billar y pierde una jugada de rutina, y cuando sus amigos le pregunta qué le pasaba le respondió que le preocupaba que su madre le había dicho que algo grave pasaría.

La voz se va corriendo hasta que llega a un carnicero, que cuando una mujer va a comprar una libra de carne le recomienda comprar dos, porque algo grave se avecinaba, y esta le comentó a otras vecinas que se apresuraron a abastecerse, provocando que se agotaran los comestibles; luego uno tuvo un arranque de valor y decidió marcharse del pueblo para evitarse una desgracia, otros siguieron su ejemplo y así hasta que uno de los últimos en salir decidió prenderle fuego a la casa.

Ante ese escenario, la mujer que había tenido el presagio inicial comentaba para sí: “sabía que algo grave pasaría en el pueblo”.

A veces, presagiando el mal actuamos de tal manera que provocamos el mal.

Hoy lo reflexiono con la democracia. Vivimos en un país lleno de bondades, pero nos empeñamos tanto en presagiar desastres (económicos, sociales y políticos) que terminaremos viéndolos.

Tenemos una democracia estable, una economía en crecimiento y en proceso de consolidación de la institucionalidad, pero el fatalismo seduce tanto que pudiéramos estar llamando la fatalidad.

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