Al zafacón de la historia



La transparencia es una categoría que tiene cada vez más peso en las relaciones corporativas, comerciales, económicas, políticas y sociales, por cuanto constituye la práctica por excelencia para la prevención, solución de crisis, control de daños de reputación y la afirmación de la credibilidad.

Las marcas inteligentes establecidas con visión de largo plazo son entes dialogantes con los consumidores, oferentes de informaciones y orientaciones precisas sobre sus componentes y valores que las hacen dignas de confianza para formar parte de nuestras vidas.

Admiramos a las empresas honestas que se esfuerzan por ser los mejores lugares para trabajar, donde existen en términos concretos la cohesión y la lealtad de sus colaboradores por encima del paquete de compensaciones, pues es preferible la felicidad laboral, que es parte esencial del bienestar y la salud física, a una manzana envenenada envuelta en portentosos bonos o dividendos.

Todo eso tiene que ver con relaciones transparentes que contribuyen con el fortalecimiento de los activos intangibles, los más valiosos de las organizaciones y los más difíciles de recuperar cuando colapsan.

En el mundo corporativo es creciente el convencimiento de que la sostenibilidad de los negocios está sujeta a la preservación de la confianza de parte del mercado, que se sustenta en las mejores prácticas, el respeto a la ley y la responsabilidad social.

En la medida en que la conciencia de los consumidores se fortalezca en ese sentido, mayores serán los niveles de rechazo y hasta de boicot a bienes y servicios de empresas irresponsables, enemigas de la transparencia y amigas de la astucia y la opacidad.

En la esfera política, que crea las normas y las reglas del juego para toda la sociedad, es evidente el rezago respecto a la transparencia, aunque es donde más se pronuncia y se escribe esta palabra.

Creo que, a pesar de los fuertes y arraigados tentáculos del clientelismo, hay un despertar ciudadano que comenzará a pasar facturas dolorosas y a convertirse en la gran pesadilla de los políticos endiosados, ególatras y corruptos, que podrían ser intocables por un segmento de la justicia tan putrefacto como ellos, pero que no escaparán de la condena social ni del zafacón de la historia.

Publicidad

Publicidad