Lunes, 17 de diciembre, 2018 | 10:23 am

¿A la fiesta o a la guerra?



Ya he escrito más de una vez sobre este asunto. Cuando se aproximan largos asuetos, como los de Semana Santa, la Navidad o los fines de semana largos, a cualquiera le asalta la duda de si lo que se espera es el descanso, el esparcimiento y la diversión, o si, por el contrario, lo que se nos viene encima es una guerra civil, un cataclismo natural o una invasión armada.

Ahí viene la Navidad y ya ocupan las primeras planas los titulares de siempre. Que las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional tendrán treinta mil hombres sobre las armas patrullando las calles, la Cruz Roja y la Defensa Civil mantendrán sus brigadas de auxilio y puestos de prevención y socorro en todo el territorio nacional, los beneméritos cuerpos de bomberos estarán en actitud de alerta, los hospitales del país serán habilitados para las emergencias que puedan presentarse y las autoridades encargadas de regular el tránsito también estarán en estado de movilización.

Y en medio de las celebraciones comenzará el conteo de muertos.

Y el despliegue no es para menos. De tanta negligencia y tanta impunidad, la disciplina social y las normas de convivencia se van a pique como barco averiado en un mar proceloso.

Las instituciones van colapsando, principalmente a causa de unos gobiernos que, como dice un amigo, no logran siquiera mantener los semáforos encendidos.

En esas circunstancias la gente cae en el desenfreno y las cosas se salen cada vez más de control. La educación y la sanción justa al delito son los remedios, pero cómo se logran con unos gobiernos que ni siquiera pueden hacer que sus propios funcionarios cumplan con algo tan elemental como presentar una declaración jurada de bienes. Si la ilegalidad y la desobediencia a las leyes comienzan en las alturas, en el propio Palacio Nacional.

Y ya esto está tan arraigado que es imposible enfrentarlo con meros operativos temporales. Porque las causas vienen de lejos y la solución tiene que empezar con un cambio político que ponga fin al imperio de los gobiernos que hemos padecido y marque el inicio de una real renovación, que regenere y refunde las instituciones y la República misma.

Ese cambio hay que trabajarlo y conquistarlo, o se corre el riesgo de que entre el mar, como ha pasado en otros momentos históricos.

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