A buen tiempo



El movimiento verde no se transformará en el partido político revolucionario que algunos de sus integrantes quisieran ver surgir.

Sería un grave error el intentarlo, ya que por la naturaleza misma de dicho movimiento, pretender llevarlo más allá de las consignas que le han dado razón de ser, sería empujarlo en línea recta a su extinción.

No obstante, entre los aportes invalorables que el movimiento verde ha hecho, está el haber creado condiciones que contribuyen a la entrada en escena de un movimiento cívico, no un partido propiamente dicho, pero sí una fuerza cívica, con vocación política, que convoque las voluntades sanas de la sociedad y con un programa de reformas y conquistas presione en favor de un cambio a fondo del régimen político y el ejercicio estatal.

Una vez más hay que insistir en que al frustrarse la transición de la tiranía trujillista a un orden realmente democrático, y al quedar mediatizada y bloqueada a lo largo del tiempo esa necesaria transición, las raíces del viejo régimen quedaron sembradas, la vida política y el ejercicio estatal se estancaron, las instituciones siguieron siendo cada vez más, verdaeras entelequias manejadas por el partido y el gobernante de turno, hasta llegar al punto de saturación del presente.

La inoperancia y la impotencia de las instituciones fundamentales de la nación son tan graves, que un solo ejemplo basta para probarlo.

La ley de tránsito ha sido siempre buena y previsora, se ha mejorado varias veces y ahora viene una ley al último grito de la moda.

Quién la va a hacer cumplir es el problema y valga recordar que aquí se han impuesto decenas de miles de multas a conductores y choferes y según información reciente, más del noventa por ciento de esas multas, se ha quedado en el papel sin que los infractores les hagan el menor caso al asunto ni haya institución que les hagar pagar por su infracción.

Entonces, ya ni siquiera es cuestión de leyes más o menos.

Se está ante un mal de fondo, un agotamiento de un viejo orden, de sus instituciones, incluyendo las instituciones políticas, que en su vida interna no son sino simples herramientas en manos de su jefe.

Estamos en un momento interesante, en ese punto en que maduran las condiciones para hacer llegar los cambios que la revolución democrática de nuestro país reclama. Mano a la obra.

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