Martes, 18 de septiembre, 2018 | 8:31 am

¡115 aniversario de la muerte de Hostos! ¡Viva su legado por siempre!

Tarea impostergable es recuperar a Hostos, comenzando por el conocimiento de su vida y su obra y esto es necesario recordarlo al cumplirse el 115 aniversario de su muerte.



A las 11: 15 de una fría  y tempestuosa noche del 11 de agosto de 1903 fallecía en su residencia de  Estancia Las Marías, en la Avenida Independencia, asistido por los doctores Francisco Henríquez y Carvajal, Arturo Grullón y Rodolfo Coiscou, el gran educador y humanista de América  Don Eugenio María de Hostos y De Bonilla.

En la ocasión conmemoramos  el 115 aniversario de su partida  y  necesario es volver sobre la vida y la obra de este insigne maestro de américa y del mundo. ¡Tanto le debemos, que sería ingratitud imperdonable dejar de recordarle un instante!

Y es que en una acción calculada y hasta cierto punto aviesa se pretendió desterrar el pensamiento de Hostos de la Escuela dominicana tildándole de liberal y anticatólico, cuando su pretensión, tan perentoria hoy como ayer, fue la de formar ciudadanos críticos y responsables, amantes del conocimiento y del deber.

La pretensión última de tan perversa estrategia era sepultar el pensamiento hostosiano; oscurecerlo a fines de legitimar la sempiterna vigencia del autoritarismo, como lo prueba la encuesta promovida por el Periódico El Caribe 1955 (publicada en 1956)  alentada por el régimen de Trujillo en la que opinó lo más granado de la intelectualidad de entonces. Bajo el mentís de analizar la influencia de Hostos en la Cultura Dominicana, lo que se pretendió con dicha encuesta fue demostrar que con la educación Trujillista Hostos había sido superado, como opinara entonces, por sólo referir un ejemplo, el destacado intelectual y filósofo  Juan Francisco Sánchez al afirmar  en edulcorado lenguaje que:

Si Hostos pudiera volver a vivir un momento y viera realizado tangiblemente sus sueños de bien dominicanistas, él, hombre honrado que nunca escatimó el elogio sincero para los méritos auténticos de los hombres, aún para los de sus más encarnizados enemigos, de seguro también le hubiese llamado a Trujillo “ El Benefactor”. Es decir, el eximio era Trujillo y hasta Hostos, si viviera, tendría que reconocerlo.

Llamado por Luperón, arribó Hostos  a  Santo Domingo el 30 de mayo de 1875 y en esta tierra de sus dolores y sus amores ignoraba, como confesara él mismo, “…que habría de conquistar algunos de los mejores amigos de su vida”, como fue el caso del gran antillanista Ramón Emeterio Betances, Gregorio Luperón, Segundo Imbert y Federico Henríquez y Carvajal, entre otros.

En   aquel momento de esperanza, después de la caída de los ominosos seis años de Báez,  viene a propagar su obra redentora fundando, a pocos meses de llegar, en marzo de 1876, la sociedad escuela La Educadora y en ese mismo mes y año es electo vocal de la filial Puertoplateña de la “ Liga de La Paz” que había surgido  en Santiago alentada por el notable educador Manuel de Jesús Peña y Reynoso; aquella misma organización de ilustres ciudadanos que puso freno a las ambiciones personalistas de Ignacio María González.

Sale en labor educativa a Venezuela en 1876 y retorna nuevamente  a la República Dominicana en marzo de 1879, iniciando de inmediato los aprestos de lo que sería su singular aporte educativo a nuestro país: la Escuela Normal, que iniciaría sus labores el 18 de febrero de 1880, y cuya instalación, como indicara él mismo, y que tanto habla de su proverbial modestia,  “se hizo como se hacen las cosas de conciencia: sin ruido ni discurso. Se abrieron las puertas y se empezó a trabajar. Eso fue todo. Estaban presentes dos padres de familia y esa fue toda la concurrencia”. En enero de 1881 se instalaría la normal en la Ciudad de Santiago.

Ya el 28 de septiembre de 1884 se graduaban, bajo su tutela intelectual, los primeros maestros normalistas, a saber: Francisco José Peynado, Félix Evaristo Mejía, Agustín Fernández, Lucas  T. Gibbes, José María Alejandro Pichardo y Arturo Grullón.

Creyente en la igualdad y dignidad de la mujer y acompañado de la gran Salomé Ureña de Henríquez propicia la enseñanza normalista para la rama femenina fundando el Instituto e de Señoritas dirigido por la gran poetisa y educadora, graduándose la primera promoción el 17 de abril de 1887 integrada por Leonor Feltz, Luisa Ozema  Pellerano, Mercedes Laura Aguiar, Ana Josefa Puello, Altagracia Henríquez Perdomo y Catalina Pou.

El 18 de diciembre de 1888 se había marchado a Chile donde el Presidente Balmaceda lo había llamado para colaborar con la reforma de la enseñanza en ese respetado país, no sin antes dejar fundada en Santo Domingo, en su infatigable labor de apóstol de la enseñanza, la escuela nocturna para la clase obrera, una de las tantas obras con que la Republica Dominicana fue favorecida por este gigante del pensamiento. Era ya el momento en que se había entronizada la dictadura de Lilis y Hostos no comulgó nunca con el personalismo.

Regresa  a Santo Domingo, procedente de Mayagüez,  el día de reyes del año 1900, seis meses después del ajusticiamiento del dictador Ulises Heureaux.

El discurso pronunciado por Hostos en la investidura de los primeros maestros normalistas  fue calificado por el gran filósofo y humanista mexicano Antonio Caso como “la más alta página filosófica de la América Española”. Basta citar dos párrafos al menos de aquella lección extraordinaria que valieron para ayer, valen para hoy y valen para siempre:

Ni el amor la verdad, ni el amor a la justicia bastan para que un sistema de educación obtenga del hombre lo que hace de hacer del hombre, si a la par de esos dos santos amores no desenvuelve la noción del derecho y del deber: la noción del derecho para hacerle conocer y practicar la libertad, la del deber, para extender prácticamente los principios naturales de la moral desde el ciudadano hasta la patria, desde la patria obtenida hasta la pensada desde los hermanos en la patria hasta los hermanos en la humanidad”.

Junto, por tanto, con el amor a la verdad y a la justicia, había de inculcarse en el espíritu de las generaciones educadas un sentimiento poderoso de la libertad, un conocimiento concienzudo y radical de la potencia constructora de la virtud, y un tan hondo, positivo e inconmovible conocimiento del deber de amar la patria, en todo bien, por todo bien y para todo bien, que nunca jamás resultara posible que la patria dejara de ser la madre alma de los hijos nacidos en su regazo santo o de los hijos adoptivos que trajera a su seno el trabajo, la proscripción o el perseguimiento de un ideal tenaz”.

Tarea  impostergable es  recuperar a Hostos,  comenzando por el conocimiento de su vida y su obra y esto es necesario recordarlo al cumplirse el 115 aniversario de su muerte.

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